Fin de Semana en la Playa

Yo soy testigo de mis tiempos vividos, no soy de aquellos de mi generación que vivieron la vida como un huracán, y ese huracán se los llevo a golpe de caballo, y es así que mis recuerdos vienen y van, van y vienen.
En esta del reposo de la vida, en que se parece a un arroyo que discurre lento en una planicie, sin más deseos que secarse, y servir de aprovisionamiento de una fuente situada en cualquier plaza del mundo. Teniendo casi la convicción de que había tenido un inútil viaje, en mis días de abatimiento, pero también, ¡qué diantres!, de que había vivido una de las épocas más hermosas y terribles, con la finalización de la dictadura de Franco, los primeros albores de una democracia, que ha sido más lánguida y tenue que otra cosa, ilusiones iniciales, que luego se transformaron en terribles pesadillas.
A los dieciséis años ya termine mis estudios de bachiller, y ya me di cuenta, junto a mis sabios, que apenas sabía nada, y mucho era lo que debía aprender, pero en esa edad ya aprendí el misterioso secreto de amar y ser amado, de sentirme ya afortunado y privilegiado, aun a pesar de que habíamos iniciado el paseo de la vida, ya estaba seguro de pertenecer y compartir con otra persona, quizás fue eso, que la voraz vida no me hubiese tragado.
No creí nunca haber sido aventurero, ni  echado para adelante, más bien algo cortado, con una inicial timidez, pero una vez estando en ambiente confortable, más bien era elefante en cacharrería, y hasta veces demasiado charlatán, y un tanto dado a la dispersión.
Siempre he sido algo conservador, no me apetecía mucho salir de mis círculos cercanos, pero una vez rota esa ligazón, iniciaba otro periodo en mi vida, intentando y consiguiendo nuevas amistades, y para nada extrañaba las épocas anteriores, así florecí en esos años, y creo que continuaré siendo así en los años venideros., siempre buscándome a mí mismo, a través de los demás, a través de  mí mismo, consiguiéndolo y fracasando, como es la vida misma, he sido un gran amigo de los demás, pero poco dado ser amigo mío.
Y es así, que conocí Leonor, en los años del instituto, en el profundo tedio de una capital de provincia, poco dada a los aconteceres extraordinarios, y muy vigilante de las costumbres ajenas; y en esos devenires de la adolescencia, es que me quede hasta las trancas de ella, al principio creía que era amistad, luego fue un continuo buscarla y encontrarla; al principio solo fueron mirada y lecturas de libros, y hete aquí que la lectura de los libros acabo siendo el pistoletazo de nuestras grandes conversaciones
Eran mediados de  los setenta, eran para nosotros dos tiempos de relajamiento y de cambios, todo una manera de vivir se iba derrumbando a nuestro alrededor, al tiempo que otros tiempos venía emergiendo, queríamos corres más deprisa, pero eso jamás estuvo en nuestras manos, ni nunca estaría en nuestras manos; y en ese mundo nosotros que nos conocimos, empezamos a ser cómplices, y ser nosotros testigos en los cambios, en los que nosotros íbamos a ser ejemplo de ellos, no creíamos hacer algo de digno de aplaudir, eras nuestra forma de vivir la vida, pero viendo al tamiz del tiempo, sí que uno se da cuenta que hicimos algo hermoso en la vida. Corrimos deprisa, y caminamos despacio, y el estar juntos creo que nos evitó caer en otras carreras.
De esos días surgió ya nuestra voluntad de viajar a Madrid, para aliviarnos del profundo control de una pequeña capital de  provincias, en los que no parecía más que haber que curas y militares, y sentíamos los ojos vigilantes de la gente, pendiente de cualquier cosa que alterara su profunda quietud, en lo que más extraordinario que se podía hacer, era perderse por las calles vacías de su barrio judío.
Ese ansía de escapar, era que tomáramos cuenta de que era necesario de ese espacio asfixiante, que nos rodeaba a los dos, incluso yo en un instituto público era especia rara, ya por entonces el hacer compatible Paco Ibáñez, Serrat, Los Beatles, Los Rolling Stones, era ser visto como algo raro; tiempos en que los grandes fenómenos era Los Diablos y Formula V, quizás por eso esos años y esas vivencias habidas, me haría mirarme a mí mismo como un ser extraño.
Total que un día en un bar, sito en la calle real, el único que se escuchaba música clásica (era la única música que a Leonor gustaba), después de una larguísima conversación, y después de sopesar muchas cosas, decidimos dejar de ser los vírgenes; y claro, las circunstancias de esta ciudad, yo en una residencia de estudiantes, ella interna en un colegio de monjas, hacía que todo eran dificultades y sinsabores, queríamos hacerlo sin que nadie nos mirará, ni nadie supiera quienes eran esa parejilla de mozuelos, y es así que ella dijo “tenemos que tener dinero para hacer un viaje”, y yo dije “¡leches!, pero donde lo sacamos!”; “no tenemos otra que ahorrar dinero”, y yo loco de atar me puse a cavilar, y poner en marcha este enorme cabezón que poseo, se me ocurrió, que fuéramos sisando de las cocinas, la comida necesaria para el viaje, así no gastaríamos  nada en comida, solo necesitábamos dinero para hacer el viaje de ida y vuelta, y claro dos mochilas con la tienda campaña…Los ojos de los dos se iluminaron..
Los dos nos pusimos a buscar un punto lejano, un sitio tranquilo, fuera de las rutas turísticas, que por entonces empezaron a despuntar,  y nos pusimos a mirar distintos puntos de España, y nos inclinamos en primer lugar por Cádiz, y nos decimos por Bárbate, elegido al azar, pero ese azar nos llevaría a un viaje que nos marcaria por toda la vida, uno piensa que a veces  cual caprichosa es la marcha de la vida. Esa combinación de huida, escape, no tener mucho dinero, pero la excitación era enorme, era percibir que íbamos a dar un gran paso en nuestra vidas, y también era la primera vez que veríamos una playa, y el golpeo de las olas del mar contra las rocas.. 
Recién comenzado el curso, el plan de ahorro fue exigente, no teníamos ni idea de cuando íbamos a poder irnos, nuestra idea era aprovechar el puente del primero de noviembre, pero hete aquí, que llegaron las primeras noticias de que la enfermedad del dictador se venía agravando, y  al estar tomando un vino en una tasca, y ver como la muerte le avanzaba inexorable, fue sólo una mirada entre los dos, solo viendo nuestros ojos nos dimos cuenta, y aseveramos los dos al instante; ya estaba decidido, cuando pereciera Franco, sería nuestro viaje, se convertiría en el principio de una vida en común, y con la convicción de que serían los mejores años de nuestra vida.
En un momento inicial consideramos la posibilidad de irnos a dedos, pero siendo una pareja, queríamos ir juntos todo el tiempo, hacía que tal posibilidad la rechazamos, desde el primer momento, iríamos en autobús; y gracias a un par de amigos de chateo, que vivían de alquiler, fuimos consiguiendo  la provisión necesaria para un viaje de seis días (frutas, carnes, verduras y  pescados), y luego poco a poco las mil pesetas, que  necesitábamos para el viaje de ida y vuelta. Y como quiera que alargamos un poco más el viaje, los ahorros fueron más sustanciosos.
Ansiosos del viaje, ese mes de noviembre se  nos iba haciendo larguísimo, casi eterno, y cuando menos lo esperamos, un día 20 de noviembre, al levantarnos de la residencia, y allá estaba ya la música militar, haciendo el prólogo necesario, para que Arias Navarro anunciara la muerte de Franco; pero yo ya ni escuche ese discurso, raudo y veloz fue al instituto, allá estaba a las nueve de la mañana, y ni  siquiera los profesores llegaron, y  fue una hora muy larga, hasta que las diez de la mañana se anunció su muerte. Y por qué negarlo, una enorme sonrisa se dibujó en mi rostro, por partida doble, por la muerte de él, y era ya inminente el viaje a Bárbate, esa tarde misma nos pondríamos en marcha.
Raudo y veloz, al saber la suspensión de las clases por una semana, aun el pupitre, ya mis piernas sintieron crepitar la sangre, y no tenía más pensamiento que salir corriendo, a toda velocidad, todo lo que me rodeaba ni me importaba, solo sentía que una cita con la vida se avecinaba a toda velocidad, y cuando todos ya íbamos abandonando el instituto, yo al salir ya por sus puertas, como un resorte, y  como alma que lleva el diablo, empecé a correr a toda velocidad, para llamar por teléfono a mi padre que no iría al pueblo,  e inventarme una historia verídica, y justificarme por la ausencia, así le hice saber que estaría trabajando en una imprenta, que ya había contactado, y necesitarían gente para esos días por la muerte del General, y que no se lo había dicho hasta ese momento. Creo que jamás se lo creyó, pero no dijo nada al respecto, solo me pidió que le llamara todos los días.
Salida hacia Madrid, mochilas en ristre, con todo lo necesario para una buena acampada durante una semana, mejor que los breves días iniciales previstos, los dos con las piernas temblando, y yo con un retemblor inmenso, al subir por las escaleras del autobús destino a nuestro encuentro; los minutos en el asiento  se hicieron larguísimos, pero al oír el ruido del motor en marcha, un sosiego se apodero de mi cuerpo, un profundo suspiro, y unas suaves lagrimas surcaron mis mejillas, y entonces note el beso cómplice de Leonor en mis labios, y los dos nos apretujamos al unísono.
Llegamos a tiempo a Madrid, y nos trasladamos en el metro de Madrid, hacia la estación de Palos de la Frontera, donde estaba la estación sur; la última correspondencia era las diez de la noche, con la idea ya concebida que al ser viaje largo, mejor era aprovechar para dormir algún rato durante el trayecto; así lo hicimos, pero no sabíamos que dormir en esas condiciones, sería tan dañino para el cuerpo, un intenso dolor muscular sentimos los dos al despertar, la panzada de reír que nos dimos, era de las que hacían época,
Cuando despertamos ya habíamos entrado en la provincia de Cádiz, era las primeras horas  ya mañana, ya había amanecido plenamente, y fuimos viendo en la lontananza un faro de mar, nos dijeron  que era  el de Trafalgar, una gran alegría nos inundó, sabíamos que ya andamos cerca de nuestro destino, al poco rato ya entramos en la ansiada estación de autobuses, habíamos llegado a nuestro destino, ese destino que marcaría nuestros días por siempre.
Muertos los huesos por el largo viaje, desentumecimos nuestros músculos, y nos sentamos en un   banco de madera para los viajeros, estirando todo lo posible nuestras piernas, y al tiempo contemplar una maravillosa mañana de sol, y nos quitamos nuestros jerséis de invierno, ya que hacía calorcito, se estaba bien tomando sol allá y totalmente relajados.
Una vez relajados, metimos nuestras mochilas en la consigna, y andar un poco, y al sentir la cercanía y el olor del mar, nuestros pasos, nuestra mente, como si fuéramos los dos unos robots, nos encaminamos a la playa más cercana, eran tantas las ganas de ver el mar, y lo que en otros tiempos fue testigo de una cruenta batalla, para nosotros era  eso, ni más  ni menos, sentir los olores del mar, de la playa, de contemplar el faro, de  sentir la suavidad del choque  de las olas contra las rocas, era descubrir una nueva vida, otra forma de ver la vida; tan lejana, tan distinta de la que habíamos vivido durante nuestros años de vida.
Nos sentamos plácidamente sobre la arena de la playa, sentimos los cosquilleos de la brisa marina sobre  nuestros cuerpos, y compartiendo el calor mutuo, sentimos los dos el aliento de una vida nueva que se adentraba  a través de nuestros ojos, y que recorría por el rio de nuestra sangre, fue un gran rato el que estuvimos  así, pero nuestros estómagos nos empezaron a reclamar su  manutención, ya que desde la ingesta de dos bocadillos en Madrid, no habíamos echado nada por la boca, y nos pusimos  camino de un bar, dispuestos a deglutir cualquier cosa. Una vez en el bar, y ante nuestro acento, pues no dio la bienvenida al pueblo, así que  en una amena conversación, le contamos  la peripecia del viaje, y que andábamos en busca de un rincón bueno de playa, para pasar unos días, a lo que el camarero  dirigiéndose a otro cliente, soltó “juer otros que vienen a lo de caños, se está poblando esto de gente de amor libre”; Leonor pregunto “¿Qué es eso de caños?”, pues una aldea pequeña, se llama Caños de Meca, y viene mucha gente a sus playas, mucha gente “hippie”, y supongo que vosotros sois de la misma onda”,  nuestra clara de incredulidad fue  manifiesta, el mismo se dio cuenta, pero claro nuestra curiosidad se había puesto en marcha, sin quererlo ni saberlo, habíamos llegado a un sitio que nos apetecía conocer.
A renglón seguido nos indicó como era Caños de Meca, sus hermosas playas, de cómo había rincones, en que no sentiríamos el acecho de nadie, y que en ese momento apenas quedaba poca gente, y que solo era una caminata de diez kilómetros para llegar a sus playas,  y que el camino que debíamos elegir era camino del faro, y que la aldea estaba justo al lado del mar, y que eran las mejores playas de la zona, con ser todas buenas, , y nos recomendó encarecidamente la playa de los Castillejos, que lo que veríamos allí seria espectacular. Una vez dada cuenta del pequeño almuerzo, nos pusimos pies en marcha, recogimos nuestras mochilas, y fuimos con los ojos, más abiertos que nunca, camino de esa playa, y con una gran pausa en nuestro caminar, tomando todo el aire que podíamos, no hacía falta que habláramos, teníamos los dos la misma sensación, habíamos encontrado la oportunidad que ansiamos tanto, que habíamos deseado tanto vivir.
Después de dos horas y media de caminata, llegamos  ya  en plena tarde, casi en los últimos albores de las luces del día, pero felices, y nos encontramos con eso, con una aldea pequeña andaluza, llena de casas blancas, al borde mismo de unos preciosos acantilados, y  que habían terminado por emerger  unas playas hermosas, las ms hermosas que conoceríamos en nuestra vida, y preguntamos por la playa de Los Castillejos, la sensación al bajar por el escarpado camino, fue que estamos llegando a nuestro paraíso, y efectivamente cuando bajamos a la playa, escuchamos como desde algún lugar cercano, estaba cayendo agua, y claro no estaba lloviendo, y claro dejamos nuestras mochilas, y descubrimos de esa manera, algo que nos llenó nuestro corazones, vimos como  caían mantos de agua desde algunos manantiales, situados en plenos acantilados, una sensación de dicha  nos llenó nuestros corazones.
Montamos nuestra tienda, buscamos algunos arbustos, y preparamos una comida ligera, no teníamos ganas después de lo bien que comimos en Bárbate, y preparamos una comida suavecita, y después de tanto ajetreo del viaje, la caminata, y de las sensaciones acaecidas en ese día, lo mejor era meterse en la tienda, meternos los dos en el saco, y sentir el calor de nuestros cuerpos, juntos y paz, sin agobios de ningún tiempo, sentir el roce de nuestros cuerpos por sentirnos, asa  sin más, solo por el gusto de sentirnos juntos y darnos caricias, bien apretaditos el uno con el otro; y así después de una lentejas y un poco  de merluza, nos fuimos  a la tienda, mañana seria otro día…
Sintiendo en nuestros huesos el frío de la aurora, y vislumbrándose los primeros tenues rayos de sol, deje dormida a Leonor, y me dispuse a hacer el desayuno, un poco de café con leche, y unos bollos que compramos en Bárbate, al chasquido de la lumbre, ella salió de su tienda, me abrazo por mi cintura, sintiendo todos su cariño, y notamos como unas dulces lágrimas de felicidad surcaban, y como los dos con nuestros besos; era la primera mañana que contemplamos juntos, y ese rito del desayuno se convirtió en una inmensa ofrenda a nuestra felicidad, miramos ese amanecer estremecidos, y recordando como ahora recuerdo, que las palabras sobraban y solo hablaban nuestras miradas.
Después del desayuno, nos acercamos al pueblo, y allá fuimos a lo que era una tienda y bar, todo en uno, y compramos algunas cosas que  nos hacían falta para una buena comida, y al tiempo nos fue comentando de donde estábamos acampados,  y como se conoce que éramos los únicos extraños que vería desde hace tiempo, nos empezó a decir que habíamos venido en una época, en que venía mucha gente; y nosotros le dijimos que no era problema, queríamos estar solos, queríamos tener esos ´días para los dos solos, “Pues gocen de nuestras playas”- nos dijo, “estamos  disfrutándolas”.
En esa charleta  con la señora del bar, nos habló de las hermosos pueblos que estaban cercanos, oímos hablar de Bárbate, de Conil, de Vejer de la Frontera, y que si no visitáramos esos lugares, no tendríamos perdón de Dios, y su frase textual “oye tu pisha, como no lleves  at tu parienta, voy yo a la playa y te corto lo que tú sabes”; las risas de los tres fueron instantáneas, el gesto de complicidad entre los tres fue inmediata, y la reacción de la señora fue inmediata “ no son horas, pero hay que tomar una manzanilla para celebrarlo”. A renglón seguido nos dice  que para ir a esos lugares, se puede ir y volver en el mismo día, había una ruta, que salía a primera hora de la mañana, y hasta la tarde no volvía  a Caños.
De esta manera completamos entre los días de playa, y los viajes completamos los días más maravillosos de la vida, más jaleos, pocas horas  de sueño, preparar las comidas del día siguiente, y  esos días siempre contemplando esas maravillosas tardes de sol, y el ser las distancias tan cortas, nos daba tiempo  a todo, creo que esa sensación de felicidad de esos días, eso es lo que me ha mantenido como hombre, como ser humano, esa sana intención que ha sido la que me ha mercado el norte de cualquier relación posterior, por eso tantos fracasos como los que tuve, por eso tantas ganas de luchar por tener de nuevo un viaje, como sucedió aquel otoño del  75.
Y esos días  fueron los que me hicieron conocer el cuerpo femenino, el saber acariciar, el saber besar, el saber decir las palabras hermosas al tiempo, a intentar que los dos cuerpos se fundan en esos momentos, lejos del desastre de la primera vez, en aquella habitación de mi residencia, acogotados por nuestras prisas y nuestra  inexperiencias, esos días permitieron que todo fuera tranquilo y placido, y cuanto hermosos rincones esconde cada parte de nuestros cuerpos-.Y que la ligazón que hubo esos días, fue lo que sentó las bases de una relación de años entre los dos.
Recuerdo nuestro  penúltimo día, en Vejer, en ese barecito, que nos pusimos tibios de pescaditos y vino blanco, y lo recuerdo como si fuera ahora, y es que ese ha sido el único día que hiciste concesión a mis apetencias rockeras, es el único día que te escuche cantar  la canción de Triana “Abre la puerta”, y yo me emocione, me derretí, sabía que con eso ya nuestro proyecto de ir a vivir juntos a  Madrid, seria nuestro destino.
El viaje de vuelta fue tremendo, felices al haberse encontrado nuestros cuerpos y nuestros corazones, por primera vez en nuestras vidas conocimos que es eso de felices; pero luego al mismo tiempo, nos dio un coraje enorme, una zozobra que rompía mi corazón, tantos días sin poder volver a estar juntos, me  torturaba, que te torturaba a ti en la misma medida, pero ya en nuestro corazón latía ya al compás que marcábamos los dos, sabíamos que lo nuestro ya permanecería en el tiempo, permanecería en nuestros corazones para toda nuestra vida.
Y vuelta a la ciudad de los militares, de los curas; a esa sensación de que todos miraban nuestra felicidad, que envidiaban nuestros silencios, nuestras miradas; pero las pequeñas cosas  de esa ciudad, de sus miserias, de sus envidias, que antes nos afectaba, ahora ya no importaban, ya era cuestión de tiempo esos años bellos en que tú, Leonor, y yo viviríamos duros años, pero hermosos y plenos para para nuestra vida. Y podría gritarle al mundo “confieso que he sido feliz”
Y cuando deje ya a Leonor en su internado, al día siguiente reanudaban las clases, había muerto Franco, y nosotros habíamos empezado a vivir, y observe como camino de residencia, aproveche la pequeña plaza, situada al amparo de la iglesia, en uno de sus bancos, saque mi paquete de tabaco para liar, me hice un cigarrillo, ver pasar de cuando en cuando una persona, las luces de alguna mercería, que no había cerrado, alguna gente tomando sus vinos y sus cigarros en un bar, y tuve la sensación de que se quedase grabado aquello, aquellas imágenes, aquellas luces, aquellos olores, aquel frio seco helado,; ya pronto, ya al año siguiente habrían pasado a ser eso, nada más que recuerdos, y me dije para mi “ que poco  nos queda de vernos”, aquel cigarro me supo a gloria bendita.
Escribo estas líneas, en la que fue la casa de mis padres, y rellenando torpemente unos cuantos folios vacíos, en donde la presencia de mis padres se encuentra a cada instante, oigo sus voces, todavía noto sus olores; espero la llamada de mi madre para despertar en la mañana, espero sentir su voz, pero ya no la siento, solo escucho alguna vez solo  su voz en lejana, que me decía, casi a punto de morir ya ella, “Miguel, ya verás que algún día volverás a ser feliz”. Me voy al balcón a fumar, y haciendo mi cigarro, hago el gesto instintivo de ofrecerle el cigarro, pero ya no podías cogerlo, tampoco podría, también se me había ido, y ya con nadie podré hablar como con él, de los asuntos políticos de nuestra tierra, y estarías viendo con más rabia y dolor, de todo lo que hemos quebrado nuestras esperanzas, de cómo nos están dejando sin apenas aliento.

Me doy el último paseo por cada uno de los rincones de la casa, y escucho de nuevo en  mi corazón, las voces de mis seres queridos, siento tal angustia, es mi última en esta cama, es mi último día en esta casa, y queriendo guardar, como siempre, mis pequeñas costumbres, me abro un libro de poemas de Cernuda, reclinado en mi cama, echando mi último cigarro el día, y como fondo musical, me pongo el LP  de Los Beatles “Let it be”, y cuando ya el sueño se apodera de mí, escucho como arrulla preciosa canción de “The Long and Winding Road” ……..Mañana otras gentes poblaran estos rincones, yo me iré buscando que me abran otras puertas, nuevos caminos.

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