Tribulaciones de un jurado
Pasaron los años en que en España se cometió un múltiple asesinato, que atrajo vigorosamente a mucha gente, y como no, portadas de periódicos y programas de televisión de toda condición. Esta condición hace que este asesino adquiriera una gran celebridad, siendo objeto incluso de sesudas entrevistas de periodistas de postín, que hicieron que la gente le odiase o le amase, sin ambages, con entrega absoluta. Pero me hubiese gustado haber sepultado este recuerdo bochornoso, pero ojalá su cuerpo perezca por siempre en el cementero de la Almudena, pero descarto por completo describir semejante hombre.
Como siempre los sesudos cronistas de esta sociedad en día, nadie supuso que tal persona fuera el objeto del procesamiento por ese crimen, creándose en aquellos días gran polvareda en los periódicos, dada la significación del procesado, y debido a la gran habilidad de sus abogados, se creó la imagen de un hombre víctima de una conspiración (Oh país que sería de ti sin imaginar las conspiraciones más absurdas).
Como no abrirse, como no dejarse arrastrar por esas circunstancias, por lo que tomé la costumbre de ir alternando la lectura del periódico matutino, que iba contando por entregas, revelando las facetas del criminal, y claro, empezó a formarse la gran bola de nieve que iba a acontecer con la investigación, desarrollo y de su condena.
El relato del crimen lo leí con mucha atención, interés, y porque no decirlo con cierto morbo, ver dos prohombres de esta sociedad de triunfadores. Pero al tiempo ocurrió algo extraordinario, una centella, una estrella fugaz, de mi mente desaparecieron ambos cadáveres del lecho mortuorio en que aparecieron en la foto.
Esta sensación se produjo en un lugar tenebroso, si no en mi despacho de la Torre Picasso, y que ahora puedo decir marcó un nuevo rumbo en mi vida.
Quizás, por pura huida de ese estremecimiento, hice que mi butaca se desplazara desde mi mesa de trabajo al ventanal de mi despacho, y me evadí por momentos observando el tráfico existente en el Paseo de la Castellana.
Era una de esas tantas tardes del otoño madrileño, donde se mezclan a lo largo del día la lluvia y dese cielo azul, donde van cayendo las primeras hojas del otoño, y como la fina brisa de aire que recorrería la ciudad, transportaba las hojas de un lado del otro, y como siempre pude observar, como se observa parte del paisaje, en el semáforo que estaba al pie del edificio, como un hombre limpiaba tran1quilamente la cartera de un viandante, lo cual hacia que se surgiera una leve sonrisa
Sigo soltero en mi vida, pero como llevo una vida acomodada, dispongo de una criada y su mirada. Trabajo en una gran empresa, en una de sus secciones de ventas de seguros, y siendo sincero odio este tipo de trabajos rutinarios, aunque reconozco que soy un privilegiado, comparado con la gran de viandantes, entiendo que soy un privilegiado. Pero este otoño los deberes me obligaban a quedarme en esta ciudad, pero necesitaba de tener un descanso, quizás un cambio de ambiente, otra ciudad, otros compañeros, otras costumbres. No crean que me encuentre enfermo, según una diagnosis médica al uso, pero mi sensación anímica era de un cansancio, de una depresión, estas sensaciones de lleva una vida lánguida y sin sentido.
A medida que iba transcurriendo el otoño, los eventos del asesinato iban aumentando imperceptiblemente el interés de la muchedumbre, yo luchaba encarnizadamente por alejarlas de mi cerebro, tanto como es posible en estas circunstancias. Como no supe que se iba a abrir juicio oral en el que se le acusaba de asesinato, y que se le había ya trasladado a la cercana cárcel de Soto del Real, y que las triquiñuelas legales habían conseguido retrasar el juicio, para que el abogado pudiera preparar mejor la defensa, dado el gran volumen de los legajos de al instrucción, pero nunca me intereso la fecha de la celebración del juicio, ya que tenía la certeza de que la onda expansiva de todo su entramado me lo haría saber.
Una noche, cuando estaba a punto de acostarme, estando ya en mi estancia, estaba dando las instrucciones a mi servicio, pero aquella noche tuve una pesadilla horrible, en la que mantenía una conversación con un ser espectral, los dos sentados en los sillones del salón, sobre las personas que cometen asesinatos, y que es lo que conduce a estas personas a cometer estos eventos, pero creo que nunca lo podremos saber.
Al levantarme un sudor frío recorría mi cuerpo, cuando Laura descubrió la luz del día, que entraba por el balcón de la habitación, pero al tiempo observé que traía un papel en la mano, era la citación para concurrir como jurado a una próxima sesión en la Audiencia Provincial de Madrid, estando unos días dudoso en asistir, optando entre pagar la multa (cuestión que era factible para mí, ya que mis estipendios me lo permitían), pero también sopesaba que esto me podría sacar de mi monotonía, y ser partícipe del gran circo en que se había convertido ese proceso. Al final tomé la decisión de asistir al juicio.
Llegó el gran día de la apertura del juicio oral, la mañana era esplendida, de esos días de otoño maravillosos a los que nos tiene acostumbrados esta ciudad, corriendo una suave corriente de aire, que hacía imprescindible llevar una rebeca para no tener frio a esas horas, pero que a mediodía sería necesario quitársela, como ocurría en días como aquellos.
Al entrar en el Palacio de Justicia, era inevitable pasar por el gran número de cámaras televisión, y una enorme marea de periodistas y de curiosos que deseaban estar en la sala de vistas del juicio. Como era el primer día, nadie se apercibió de quien era, enseguida me acerqué a un conserje para identificarme y pasar ya a la sala, ya que la cita era para las diez de la mañana. Al atravesar esta marabunta de gente, es cuando me di cuenta de que este juicio tenía unas dimensiones enormes, vamos que era el juicio del año, y que las decisiones que tomáramos, iban a ser escrutados por los ojos de la prensa, y por ende, de ese ente abstracto, del que habla la prensa, la opinión pública.
El ujier me condujo amablemente en la bancada de los doce jurados, contemplé la sala, ya hasta las salas de justicia han perdido su antiguo encanto, ya todos sus muebles eran ya como el del cualquier oficina, pero… conservaba ese aura ceremonial, los jueces en una mesa central elevados en una tarima, que hacían que contemplase desde arriba al resto de los asistentes. Enfrente nuestro estaban los muebles donde se iban a colocar el fiscal, el abogado de la acusación particular y el defensor del acusado de asesinato.
Oí también el murmullo de la concurrencia, sobre el que a veces se elevaba alguna palabra más fuerte, alguna exclamación en voz alta, algún agudo silbido. Poco después entraron los magistrados, que eran tres, y ocuparon sus asientos. Se acalló el rumor en la sala, y se dio la orden de hacer comparecer al acusado. Si mi nombre hubiese sido pronunciado en aquel instante, creo que no hubiese tenido ánimos para responder. Pero como lo mencionaron en sexto u octavo lugar, me encontré con fuerzas para contestar: "¡Soy Yo!".
Pero ocurrió una cosa, que yo hoy todavía le sigo dando vueltas, es que el acusado se excitó y dirigiéndose a su abogado para decirle algo al oído. Supe por boca de su abogado, después de terminado el juicio, que solicitó que me sustituyeran como jurado, pero el abogado le mostró que debía basarse en alguna razón para que no estuviera allí, pero como dijo que no sabía nada de mí, no atiendo su petición, diciéndole a su cliente que estuviese tranquilo.
Puesto que no deseo urgir la evocación de la gente respecto a aquel asesino, me circunscribiré a enumerar las detalles que nos sobrevinieron a los jurados durante la vista oral. Haré hincapié en mis experiencias personales que atravesé durante esos días.
Me designaron presidente del jurado, quizás por mi condición de licenciado en derecho, por lo que me tuvo que aplicar más de dos horas en leerme las piezas de convicción, pero también debo contar que el ser espectral también iba estar junto a mí durante todo ese proceso, lo que me iba a conducir a situaciones estúpidas, pero que tuve que guardar muy mucho para mí.
La primera de estas situaciones se produjo nada más terminar de leer lo concerniente a las piezas de convicción, me dirigí a uno de los miembros del jurado diciéndole:
-Hágame el favor de contarnos.
Ante su sorpresa, empezó a contarnos, y le surgió la misma duda que a mí, sacando la deducción de que si nos nombraba individualmente éramos doce, pero si los contábamos en su conjunto nos salía trece, eso quería decir que alguien siempre se nos agregaba, y yo ya tenía la percepción de quien era dicha persona.
Nos alejaron cercano a la Puerta del Sol, el Petit Palace del Carmen, que daba justo a la Plaza del Carmen. Dormíamos todos en una planta, en lechos individuales, y unos funcionarios nos atendían y vigilaban perseverantemente. Con uno de ellos trabe una gran connivencia, quizás debido, en gran parte, a que mantenía un contacto permanente, y esto hacía que mantuviese una agradable manera de charlar, se llamaba Luis. En la segunda noche, quizás por sentir en la sala esa extraña sensación de estar acompañada por el ser espectral, no conseguía conciliar bien el sueño, salí al pasillo que daba a un balcón, donde se podía fumar tranquilamente, allí encontré a Luis, que se encontraba haciendo los mismos menesteres, y nos pusimos a hablar de lo divino y de lo humano. En un momento dado giré la cabeza hacia atrás, vi al espíritu saliendo de la habitación y entrando en otra, así que supuse que estaba visitando a cada uno de los jurados. Al tiempo Luis me contó, que había tenido la sensación (entre risas) de que había un jurado más. Seguidamente le ofrecí un cigarro para compartir esos momentos.
Ahí sí que empecé a tener la íntima convicción de que la sombra era uno de los asesinados por el acusado, es como si tuviese la impresión, el convencimiento de que era un enviado para asegurarse la condena del acusado, pero el convencimiento llegó de una manera insospechada, para lo cual no estaba preparada.
A la mañana siguiente, todos los jurados se levantaron pesarosos, asustados, sobresaltados, ya que uno de los asesinados se les había aparecido en sueños.
Cuando iba a cerrarse el capítulo de los cargos de las acusaciones, el agente judicial llevó una serie de fotos de los asesinados, entonces de la nada surgió la "figura", cogió la foto correspondiente y me dijo algo a mis oídos: "ya me conoces, quiero que sepas que tu eres el encargado de que deje de vagar errante por este mundo". Una gran escalofrío recorrió mi cuerpo, creía mi corazón se iba a explotar. Vi que hacía lo mismo con el resto de jurados, pero yo fui el único en que notó la presencia del asesinado.
Cuando se acababa cada sesión, Luis y Julián nos llevaba a una sala adjunta, donde íbamos a tener nuestras reflexiones, para decidir la condena o absolución del acusado. Los primeros días de las sesiones del juicio, si hacíamos mención a lo que iba sucediendo, pero también hablábamos de cosas de la vida, pero a partir de ese día, de esas fotos, es como si tomáramos conciencia de la importancia de nuestro acto, de que aquella decisión iba cambiar la vida de mucha personas, y a mí me estaba empezando a agrietarse, y a partir de ese momento ese ser entro a formar parte de mi.
Ese quinto día marcó también un punto de inflexión en el jurado, a dibujarse en nuestras reflexiones la postura de las dos partes, que harían el debate sobre el futuro del acusado. De esta manera un farmacéutico, que en sus horas de ocio, se dedicaba en sus ratos libres a ser sacristán, que empezó a poner en tela de juicio toda la labor que había efectuado el instructor, y como quiera que tenía en sus manos la elocuencia y la oratoria de los sacerdotes, "ipso facto" se gano la reverencia de dos miembros del jurado. Cuando sentía que las aseveraciones del farmacéutico estaban en su cúspide, la voz interior de asesinado me obligaba a intervenir, para ir demostrando que esas presunciones carecían de todo fundamento, ese papel de defensor del asesinado empezó a ponerse en tela de juicio por estas personas, pero siempre tuve el apoyo de la mayoría de los jurados, en cuanto sustentaban que mis funciones, como presidente, se limitaban a que todos los miembros del jurado tuvieran garantizado el derecho a hacer sus consideraciones, y guardar un cierto orden en la intervención para que aquello no se convirtiera en un guirigay.
Como a partir de ese momento se encontraba dentro de mí ser, empecé a notar sensaciones extrañas dentro de mi cuerpo, y como paso a rememorar en estas líneas. El asesinato se había cometido mediante la degollación del matrimonio, y el abogado argumentó su línea de defensa, en que el marido había matado a la esposa, para luego después suicidarse, pero ese ser interior me indujo a hacerle telepatía al abogado para demostrarle que era imposible una posible autodegollación. Otro día una testigo de la defensa había dado cuenta de lo buena persona que era, me obligó a hacer lo mismo que con el abogado. Entonces me di cuenta de que la intención de la víctima era procurar debilitar, turbar el ánimo de los intervinientes, y era evidente que un estremecimiento se producía en esas personas; en el abogado se vino abajo su hábil maniobra; y cuando la testigo intervenía y fijó sus ojos en el asesino, toda sus consideraciones anteriores, y empezó a manifestar sus dudas ante las partes intervinientes del proceso. Otro hecho que me produjo asombro es cuando uno de los miembros del Tribunal, más concretamente el que iba a ser el ponente de la Sentencia, al ordenar los legajos, otra vez ese espectro me obligó otra vez a emitir una señal, ya que uno de los legajos no se había incorporado al expediente, volviéndose a producir un estremecimiento, lo cual provocó la momentánea suspensión del juicio oral, marchándose a beber un vaso de fuego a su sala reservada, con lo cual se le pasó ese súbito y breve mareo.
Pero lo que creía que me iba a sacar de mi monotonía, de mi estado de ánimo, esas sensaciones, sino termine atribuyendo mis contactos con el ser espectral a dicha condición. Además la rutina de aquellos interminables días, esa emoción del primer día desapareció por entero, las mismas caras, las mismas palabras protocolarias, la misma situación del acusado, los mismos sonidos cuando los jueces hacían una anotación en sus blocs de notas, los mismos andares y voces de los conserjes, el mismo haz de luz entrando por la ventana, las mismos sonidos de las llaves abriendo y cerrando las puertas, y que me hizo que empezase a tener ya fatiga de ser el presidente del jurado, como esa condición la hubiese tenido toda la vida, pero seguía estando obsesionado con la figura del hombre asesinado, no podía dejar que aquella situación era o no fruto de mi ensueño o era real.
Una vez concluida la vista, ya concluso la fase del juicio oral, todos los miembros del jurado nos retiramos a una sala contigua, donde haríamos las deliberaciones, pero debido a que el farmacéutico se decidió a prolongar las deliberaciones, por lo que tuvimos que pedir al alguacil tres veces las notas del Secretario, pero al final, viendo la actitud de los tres, se tomo la decisión de someter ya la decisión de someter la declaración del jurado, ante la feroz oposición de los tres opositores, ahora creo que el interés de aquellas personas era prolongar las deliberaciones, por no volver a su trabajo.
Una vez que volvimos a los estrados, y una vez que todos estuvieron sentados en sus aposentos, el Juez me indicó que si habíamos tomado la decisión de la culpabilidad o inocencia del acusado, me levante de mi aposento y declare el veredicto de culpabilidad.
Como es preceptivo en los juicios, el Presidente de la Sala dio la palabra al reo, para que alegase lo que estimase conveniente, y ya no recuerdo si lo que dijo es que había sido condenado sin justicia y que el jurado estaba predispuesto contra él, pero creo que se ajustaron mas a estas palabras del condenado, ya que mas dijo que yo me había aparecido en su celda y hice el gesto de que él se quedaría entre rejas el resto de su vida.
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