Aurora en un hospital
No se atisbaban las luces del sol, cuando de la boca del metro, empezaron a correr varios senegaleses, camino de los aparcamientos del hospital, calles cercanas, y ocupar los lugares estratégicos, para que cuando llegaran los coches para ser tratados en el hospital o ir a visitar algún conocido o familiar. Asimismo junto al paso de cebra, en la misma acera de la manzana del hospital, se encontraba una rumana, que llevaba consigo un bebe recién nacido; una farola le hacía de respaldo, y a sus pies un pequeño cesto de mimbres donde habías unos cuantos céntimos de euro. Enfrente de ella y un poco más lejano a ella, se encontraba un camerunés vendiendo La Farola.
Todos ellos hablaban un pésimo español, pero entre los africanos y la rumana, si uno observaba bien, nos íbamos encontrando una gran diferencia, los primeros siempre exhibían una gran sonrisa alegría en sus quehaceres.
La primera labor que hacían los senegaleses al llegar a su zona, era aprovisionarse de los boletos del aparcamiento de la zona, habían adquirido el conocimiento de que ellos tenía dos aliados las prisas de la gran ciudad, esa angustia vital del conductor de un vehículo, que le hace llegar tarde a todos los sitios. Y luego otro colaborador fundamental el tramo horario de las fichas horarias del aparcamiento, eso hacía que al menos dos personas pudieran utilizar la misma ficha, y junto con la propina que les daba el conductor, de esa manera, con esas migajas, podían llevarse a la boca.
El camerunés ya se había dado cuenta, que en estos tiempos de crisis, con lo que le diesen la gente con el periódico, salvo días excepcionales, nunca le alcanzaría para su sustento, pero eso sí tenía garantizado algo de comida, siempre habría personas que le traían un vaso de café, un refresco, un bollo, algún bocadillo, con aquello podía sostenerse, luego vendría la dura y larga noche, sin saber ni poder aventurarse donde guarecerse, sobre todo, esas noches del invierno, ya había pasado uno, y todavía se maravillaba de que habría podido sobrevivir.
Con las primeros cantos de los pájaros y la tenue de luz de la aurora, las luces cegadoras de los coches se habrían camino sobre el asfalto de la ciudad, la gente como siempre, nerviosa, haciendo tocar el claxon, y todos los alrededores del hospital ya presentaban el ir y venir del día, los médicos llegaban, así como las enfermeras, celadores, mujeres de la limpieza, yendo de un sitio para otro, ya iban llegando también los pacientes, los que tenía consulta ese día, los que iban a recoger cualquier informe médico, y ellos ahí ya…. Como si formase parte de la vida diaria del hospital.
Yo estaba por esos días en paro, así que me establecí también en los aledaños del hospital, en tanto que se me había ocurrido hacer un pasquín, donde había puesto mi teléfono, y que le arreglaría el ordenador a un precio módico, hasta tanto que me llamasen de algunas de las bolsas de empleo, de esta manera iba sobreviviendo en estos tiempos duros de crisis. Mi jornada en las inmediaciones del hospital duraba hasta la hora de comer, si es que antes no me llamaba alguien para arreglarle el ordenador.
Cada hora, más o menos iba a la máquina del café del hospital o de los refrescos, para echarme un cigarrillo, y me gustaba curiosear el comportamiento de estas personas, que habían venido en busca de este paraíso europeo, con el único que logre cruzar alguna palabra fue con el camerunés.
En la que más me fijaba era en la rumana, procuraba siempre que la nena estuviese dormida, y cada dos horas siempre le llegaba la visita de su dueño, que se llevaba lo poco o mucho que había conseguido en esas horas, observándola no eran pocas las veces que unas lágrimas recorrían por su rostro sucio, y ello siempre en días de sol, con un calor de fuego, o en invierno en días de terribles fríos, me imaginaba sus noches en una triste cama, y su dueño dándole voces, diciéndole que había que sacrificarse más, y ella pensaría que si habría algún día en que se diera por satisfecho, son los sinsabores de estar encuadrado en las cohortes de las mafias, que suministraban un haz de “trabajos” muy variados, en los que la población que les odiaba, les sostenía, por eso se consideraban tan superiores.
Luego a la noche, después de mi sesión de internet, y me ponía los cascos y escuchar la música del DVD, y la lectura de un libro en la cama, y los pensamientos, cuando todo quedaba en silencio, era imaginar cómo era la vida de ellos, que como yo formaban parte del “mobiliario” del hospital, cuáles serían sus sueños para el día siguiente, seguro que la rumana liberarse de su familia, el camerunés volver a trabajar a Murcia en la construcción, desde donde había venido, cuando le echaron de su trabajo . Los Senegaleses volver al Ejido, donde ese año no les había contratado…E inevitablemente me ponía triste, en tanto que me sentía un privilegiado.
Al día siguiente vi una de las batallas espantosamente tristes, que se pueden ver en nuestro mundo, a eso de las diez de la mañana, se oyeron chirriar las llantas de unos tres coches, de ellos salieron lanzados un grupo de negros, que se abalanzó sobre los senegaleses, yo, en principio, creía que sería una lucha por ese territorio entre dos bandas rivales, el camerunésprofundamente la atención, la circulación y el tránsito de la gente se efectuó con pasmosa tranquilidad, haciendo caso omiso a la pelea entre ambos grupos, también me llamo la atención el que ningún miembro policial viniera a averiguar el suceso.
Esa noche en el ordenador, solo tuve ánimos para hacer una lectura de los periódicos, con el ánimo de ver si en alguno de ellos, se había hecho eco de tal suceso, pero como va siendo normal en los periódicos, solo se hacen eco de controversias en torno a declaraciones políticos, sucesos de política internacional, de noticias macroeconómicas, deportes, eso sí, siempre mucho deporte, mucho eco de las disputas de los personajes del mundo televisivo; eso hizo que mi desanimo fuera todavía a mayores, y pensé en cuantas noticias, cuantos hechos noticiables quedarían ocultos a los ojos curiosos de un ser humano.
Y me dio en pensar en el hecho inmigratorio, y cuanto sinsentido circula en torno a ella, contemplando como eso senegaleses, tuvieron que arruinar a sus familias para conseguir un dinero, que les pudiera el pasaje en una patera u otra nave de cualquier tipo, camino de un paraíso, y la mayor de las veces se pelearían por las migajas, al tiempo que algunos de los nuestros se marcharían rumbo a otros países, camino de un trabajo mejor retribuido, terrible paradoja de esta sociedad, en el que enfermeras sudamericanas vienen a ocupar los hospitales españoles, mientras que las nuestras se marchan camino del Reino Unido. Y pensé como se podía solucionar todas estas cosas, y no encontraba ninguna solución, pero si pensé en los efectos que se estaban produciendo en este gotas de agua del mundo terrestre, y un sudor frio recorrió mi cuerpo, me dio por imaginar muros por doquier, y muchas almenas, en donde se apostaban agentes de inmigración, dispuesto a disparar sobre otro ser humano, una angustia terrible oprimió mi cerebro, que se puso casi a estallar, me tome un paracetamol para calmar tal dolor, era evidente que no me haría ningún efecto, pero me tome el comprimido.
Una mañana, el hombre del kiosco de prensa, me había dado un toque, se le había estropeado su portátil, así que raudo y veloz fui a arreglárselo, siempre en mi bolso llevaba una copia del Windows XP Desatendido, provisto además de todo tipo de programas imprescindibles para, antivirus, reproductores de todo tipo, todo dispuesto para actualizarlo en cuanto estuviese conectado a hacerlo. Buena señal para esa mañana, podría dar rienda suelta de una estupenda paella, que daban un bar cercano al hospital, y que el kiosquero me había recomendado en varias ocasiones. En esas dos horas de estar junto a él, observamos como una mujer (asistente social me dijo él) charlaba con la rumana, y me fije en el terrible contraste de una niña dormida y el continuo movimiento de cabeza; entonces oí unas palabras terribles:
¡A la muy puta la estarán ofreciendo el paraíso!, ¡Ojala les expulsen de este país!,
Y yo le respondí:
¿A quién? ¿A la rumana o a todos?, “por supuesto que a todos, están quitando los puestos de trabajo a nosotros”, y yo pensé tristemente para mí “no sabía que los españoles se hubieran dedicado alguna vez a ser aparcacoches en los hospitales, jamás en mi vida había visto tal profesión en este país”. En cuanto termine de formatear y poner en marcha el ordenador, me marche camino del restaurante a comer mi paella, y así me di cuenta que esa migaja mía era un privilegio, ya que veía imposible que ninguno de los aparcacoches tuviera semejante manjar en su boca, me puse el MP4, empecé a escuchar música, y desterré mis pensamientos para mejores momentos, lo importante es que al día siguiente empezaría a trabajar de barrendero durante tres meses a cargo de una subcontrata del ayuntamiento, era el último día de pertenecer al mobiliario humano de ese hospital por una temporada.
Comentarios
Publicar un comentario