Un Encuentro en el bosque
Mañana fría de un día de noviembre, una desazonada María se encontraba mal, estaba contrariada, una sensación de opresión en su pecho, junto a ese silencio matinal de las primeras horas del día, en que todo empezaba a caminar lentamente en el pueblo; esa vida que un día fue tranquila, hermosa, se había tornado en una pesadilla continua.
Y si esa inquietud de su vida, después que terminara la guerra, se añadió que su hijo había salido en compañía de sus amigos, como hacían todos los domingos, en que hacían sus caminatas en los montes aledaños al pueblo. Le preocupaba esos caminos difíciles, angostos, y con escarpadas laderas, y demás peligros del monte, y es que ya pasaba más de una hora, desde que el resto del cuadrilla habría regresado al pueblo. No le llegaban a sus oídos ni lo susurros de las hojas de los árboles, ni el discurrir del cauce del río, que pasaba junto a su casa, solo la turbaba el reclamo de la picaza.
Y es que el muchacho, como siempre en compañía de sus amigos de escuela, había salido a dar su paseo por el monte, pero ese día iba a ser distinto, muy diferente al resto de los paseos, que hasta ahora había dado. Como siempre le pasaba, tenía el mismo problema con atravesar el puente de madera del río, ya con las maderas maltrechas, y él con su problema de vértigo, no había otro salida que cruzarle por otro lado; y en medio de la guasa, la misma chanza de todos los días, el cruzaba el rio por un angosto del río, poco profundo, propicio para pasar con las botas y no tener problemas de cruzar el rio, era más pérdida de tiempo, más cansancio por tener que bajar por el caminito entre los peñascos de ese pequeño valle, que el rio había creado.
Pero lo que otros días fue un suplicio, aquel día se convertiría en su primera aventura solitaria, de algo que sólo gozaría para sí mismo, le dio la oportunidad de ver entre las breñas del sotobosque, como un hombre corría a toda prisa, evitando los arbustos y los árboles; se quedó boquiabierto, pasmado ante tal visión, jamás nadie en el pueblo, ni mi familia, ni mis amigos, nadie, fue todo un descubrimiento, y eso se quedaría para sí, no haría comentario alguno a sus amigos, ya que todos queremos tener nuestro pequeños secretos, y este suceso se convirtió en el primero, y que compartiría con su madre.
Y claro esto hizo que el resto de la cuadrilla se hubiera adelantado en su regreso, estábamos ya de vuelta, pero yo me quede sentado un pedrusco, imaginado la vida de este hombre, de donde habría salido, quién era, el motivo de estar en el bosque…..Eso hizo que su retraso fuera considerable, y para lo que para otros niños era motivo de un duro castigo, a mí solo sería una buena bronca, mi madre jamás me pego, se preocupaba mucho por mí, lloraba mucho, cuando hacía alguna travesura que no le gustaba a ella. Mis amigos siempre me decían lo mismo, menuda suerte tienes de no tener un padre, pero yo en mi interior le echaba de menos, y es que veía peleaba con todo, para poder darme todo lo que necesitaba, y el resto tenía a su padre y su madre para que tuvieran todo.
En cuanto llegue a casa, mi madre me hecho una mirada, que me hizo temblar de arriba abajo, esa miradas que te hacían saber que habías echo una cosa mal, y que eso le había preocupado mucho a ella, nada más ver su cara me di cuenta que lo había pasado mal, por mi tardanza en llegar, todo fue silencio, incluso la comida fue silenciosa, y las miradas entre mi madre y yo fueron continuas. Y yo dándole vueltas, para explicar que es lo que había pasado, le debía esa explicación, y no sabía cómo explicar la aparición de ese hombre, y no creyera que era una de mis fantasías.
Pero al masticar una reineta, ya empecé a tener las fuerzas suficientes, y relatarle lo importante que fue aquel descubrimiento, ardía en deseos de contárselo a mi madre, así fue que con voz suave le empecé a relatar lo siguiente
· Mira madre, esta mañana, cuando nos encontrábamos la cuadrilla cerca del río, yo me separé del grupo, y ya sabes porque (mi vértigo) ….Cuando, de pronto, entre las malezas vi a un hombre desarrapado, que salió corriendo, mi curiosidad me llevó a seguirlo, pero enseguida le perdí de vista, se notaba que él estaba acostumbrado a caminar entre las malezas, yo no….luego me senté un rato en pedrusco y meditar sobe lo que me había pasado, ese ha sido el motivo de mi retraso madre, y te prometo que es la pura verdad, aunque se, a ciencia cierta, que parece una historia de novela.
Entonces mi madre, mirándome fijamente a la cara, y con los ojos ligeramente humedecidos, se dirigió directamente a mí, preguntándome: "lo ha visto alguien más", yo la respondí enseguida que no, yo fui el único, el resto de los amigos estaban en otra parte del bosque... Seguidamente ella me suplico, me rogó: "esto que has visto no se lo digas a nadie por favor”, “ esto es un secreto entre los dos”, “quédate tranquilo que todo tiene una explicación, pero ahora no es el momento de que sepas todo, has pasado una emoción muy grande, y ya te vale con eso para hoy”.
Esas palabras de mi madre, me trajeron una sensación de extrañeza, mis ojos deberían ser todo un poema, porque mi madre se acercó a mí, y dándome un buen achuchón, me hizo sentirme más tranquilo al sentir el abrazo de mi madre, y susurrando me dijo “tranquilo José, tranquilo, todo lo sabrás, pero ahora te tengo que pedir un favor”. Para compensar mi tardanza, y agradecerle su cariño, asentí como mi cabeza, y la dije “por ti hare lo que sea madre”.
A continuación mi madre me hizo el siguiente encargo,
· “José, a partir de ahora, todas las mañanas, antes de ir a la escuela, quiero que vayas a la peña hueca, que está al lado del puente, dejarás cada día comida, luego recogerás lo del día anterior, tú serás el encargado de que ese hombre tenga buena alimentación".
Eso de ser testigo de una aventura mía, propia, que gozaría yo, me hizo ser muy afortunado, me imaginaba ya siendo uno de sus héroes que veía en el cine de blanco y negro en los domingos. Y así algún día podría conocer a ese ser misterioso, que vivía en el bosque; así fue que todas las mañanas, antes de ir a la escuela, a primera hora de la mañana, en plena aurora, iba rápido y veloz a deja la comida en la peña hueca, muy cerca, de donde le vi por primera vez, pero con la advertencia de que no podía quedar a esperarle, no permitiría que llegara tarde a la escuela, y la curiosidad mía de saber algún día esa aventura recompensaba el que me tuviera que levantar a primera hora.
Y esto fue ocurriendo, todos los días durante el mes, con la precisión más absoluta, como si fuera un reloj, siempre allá estaba en una talega, todos los utensilios, todas era monotonía sí, pero era la repetición más fascinante de mi vida infantil.
Pero un día, en esa querencia diaria, me lleve otro desconcierto, y es que cuando estaba a punto de llegar, vislumbre que una mujer dejaba la talega en el hueco de la peña, el efecto instantáneo fue que detuve mi marcha, en un gesto instintivo, pare mi marcha, y deje que la mujer abandonara las inmediaciones para recoger la talega, y claro inmediatamente pensé que el solitario, al que llevaba la comida, no era tan solitario, lo cual hizo que me imaginación levantara más allá de las nubes.
De ese acontecimiento no quería decir nada, hasta llegar a un desenlace más acertado, que mi pura imaginación; pero hete aquí, que mi madre, conocedora de todas mis ensoñaciones, desengaños y querencias, me miro fijamente, y mirándome a los ojos, me pregunto
De aquél suceso no quise decir nada a mi madre, pero ella que me conocía bien, me miró con esos grandes ojos, y me sonsacó lo que me pasaba, y la dije “mira madre, tengo miedo de que la comida no llegue al hombre solitario, vi una mujer que dejaba la talega en el hueco, y a lo mejor ese señor se ha muerto de hambre”, y un gesto de sonrisa pacificadora musito las siguientes palabras “ estate tranquilo hijo, esa mujer que viste es la esposa del hombre que llevas la comida, y lo que te llevas es para que coman los dos”; y prosiguiendo la plática entre los dos “pero porque viven en el monte, y no viven entre nosotros como todo el mundo, allí en el monte se tiene que vivir mal”. Ante ello María lanzó un suspiro, y tomándose una bocanada de aire fresco, le dijo a su hijo siéntate y escucha esto de momento:
- Mira, en la vida a veces ocurren cosas, que todo lo cambia, que todo lo transforma, esas dos personas por culpa de ello, se tuvieron que ir del pueblo; pero una cosa, no comentes esto a nadie, ni a tus amigos, ni a nadie del pueblo, esto es nuestro secreto; y un día, cuando ellos lo crean conveniente, te contaran su hermosa y triste historia, y vete haciendo a la idea de que tú eres como de su familia, ellos te demostraran el cariño que te tienen.
Ahora al cabo del tiempo, esas palabras de mi madre cobran todo el sentido, pero en aquellos momentos me causaron un impacto definitivo en mi vida, no entendía el guardar silencio, ahora ya lo sé, pero en esos días no podía salir de mi espanto y de mis dudas, y esas palabras influyeron en mí, al hacer que la paciencia se anudara en mí, y comprender que las prisas en esta vida, muchas veces, no te llevan a la mejor que te puede dar la vida.
Fue un invierno lleno de tribulaciones, con una fijación permanente en la forma de vivir de aquella pareja, como podían sobrevivir al ambiente tan hostil del bosque, cuál sería su cobijo, el peligro de las alimañas, nadie con quien hablar, y todo tipo de preguntas peregrinas iban y volvían en esa infinita curiosidad que andaba despertándose en mí.
Y pasaron los días, y los meses de invierno, de un duro invierno, y yo seguía con mis ensoñaciones de cómo podrían sobrevivir a esos duros días, que yo incluso en mi casa y entre mantas lo pasaba mal, son los misterios insoldables de la naturaleza humana. Pero ya en el ambiente se iba notando la próxima llegada de la primavera, en la que empezaríamos otra vez a zascandilear por las proximidades del pueblo, pero luego en primavera rememoraría lo que hacíamos en el invierno, el jugar con las bolas de nieve, las matanzas, las historias de mi abuelo, así como el tejer y destejer de mi abuela las colchas de ganchillo.
Así un día al cargar la mochila, con los utensilios usados, sentí un crujido de las ramas del sotobosque, miré en esa dirección, y vi un rostro curtido por la vida en el bosque, que dirigiéndose hacia mí, con una trivial y sutil sonrisa me dijo:
- ¡Hola, buenos días chaval!
Y yo, por fin, elevé mí vista hacia él, le respondí:
- Ya es hora de conocerle, estaba deseando desde hace mucho tiempo que llegará este momento.
Todo llega en esta vida muchacho, y es tiempo de que hacer las presentaciones, tener una parrafada en condiciones contigo.
Yo, en ese preciso momento, me coloqué en el suelo y reclinado en un chaparro cercano, espere sentado que ese hombre reservado empezará a hablar:
- Así que eres e el hijo de María, y tu padre era José María, y a ti pusieron ese nombre por él, yo conocía bien a tu padre muchacho, y ya veo que tienes su misma apariencia, eres el vivo retrato de tu padre.
Yo, en dicho momento, me quedé estupefacto, era la primera vez que una persona extraña, una persona fuera de mi círculo familiar hablaba de mi padre, y al estar sentado, no se pudo apreciar la agitación interior que se produjo, y me dije para mí "este hombre conoce a mi familia".
- Prepárate muchacho, entre lo que tú has traído y estas frutas que he recogido por el camino nos vamos a dar un desayuno que te mueres, además hoy es domingo, y no tienes prisas para volver al colegio ¿verdad?
Así que empezamos entre los dos a preparar una lumbre, a base de maleza y ramas rotas del hayedo, cuando ya estuvieron los alimentos dispuestos, dimos buena cuenta de ellos, y ya la primera impresión se pasó, y andaba en ascuas, deseando escuchar lo que me iba a decir el hombre solitario y amigo de mi padre.
- Mira Pepe, ya sé que andas en ansia permanente por conocer a este desconocido, si yo fuera un crio como tú, me pasaría lo mismo, tu curiosidad se habrá preguntado, de cómo sobrevivimos en el bosque, y no es nada fácil, ni tampoco difícil, el hombre parece que está destinado a sobrevivir, en definitiva no somos que animales, conscientes sí, pero al fin y al cabo animales, que se deben y tienen que aclimatarse al medio en que están viviendo en un momento dado de la vida.
- A todo esto, me llamo Eduardo, me crie en las mismas calles y corrí como tú, correteando entre ellas, crecí y luego ya siendo ya joven me puse a trabajar en el aserradero; pero tu cuando naciste, no te diste cuenta que esta tierra se produjo una guerra, y yo forme parte de ese conflicto, en que por convicción propia, me puse de parte de unos, que luego fuimos derrotados, y creo que para desgracia de esta tierra, en la que crecí yo y tu tendrás que crecer, y aclimatarte a estos tiempos, que también serán duros para ti.
- Es por causa de esa guerra, que yo me he tenido que refugiar en este bosque, ya que de haberme quedado en el pueblo, ahora mismo no estaría vivo.
Un gran silencio se hizo en ese momento, baje la cabeza un momento, y ahora se me venían a la cabeza, palabras de los abuelos, de los discursos del maestro, de nuestros cantos antes de entrar en la escuela, de cómo un cincelador había estado esculpiendo unos nombres en la iglesia del pueblo, pero siempre pasaba lo mismo, cuando yo preguntaba "¿Qué Guerra?", todos, es decir, todos cambiaban velozmente de conversación, y que corrientemente era si el tiempo podía afectar a las cosechas de aquel año.
Cuando terminamos el almuerzo, recogimos los cachivaches y los limpiamos, y dejando todo bien recogido, para que nadie supiese que allí habían estado comiendo, como así me dijo Eduardo.
- Mira Pepe, una de las cosas que he tenido que asimilar en estos días de mi vida, es que no puedo dejar ningún rastro de mi existencia, es como este ser real que te está hablando, no existe en esta existencia, es como si fuera una condena en supervivencia, es el cruel destino que nos ha tocado vivir.
Tranquilamente me dirigí con mi talega en dirección a mi casa, más templado, y como no decirlo, impaciente por que llegase el inmediato domingo y hablar con Eduardo, y conocer otras formas de vida, otras formas de pensar, otras maneras de hacer frente a la vida; y mi consideré un ser favorecido, y tener entre mis manos una historia, de la que me sentiría orgulloso de contar algún día.
Los siguientes domingos nuestras conversaciones fueron más bien intrascendentes para mí, el no hacía más que preguntar sobre las gentes del pueblo, de cómo iban las cosas, de cómo era maestro, que clase de vida llevaba, y sobre todo muchas preguntas sobre mi familia, y me di cuenta que yo me había convertido en el vehículo y vínculo necesario que hacía que ese persona avistara en esas horas, que estábamos juntos, una nueva dimensión en esa vida tan solitaria que llevaba, a pesar que sabía que vivía con una mujer, y por la que nunca pregunté, ya llegaría el momento preciso de conocerla.
Uno de los domingos, le dije a Eduardo, que ya se acercaba los días de Semana Santa, y que tendríamos la oportunidad de charlar más, porque en esos días teníamos más días para charlar, eso hizo que Eduardo bajara la cabeza, y unas lágrimas se escaparán de su rostro, y solo pudo balbucear las siguientes palabras "José, eres un chaval estupendo, y yo también estoy deseando que lleguen estos días para hablar contigo, y un día de estos tendrás tu debida recompensa".
Después de una semana santa intensa, llegó el domingo de Pascua, y ese día ocurrió lo que tanto tiempo estaba deseando, así fue que de entre el sotobosque apareció, sin ruidos la mujer de Eduardo, éste la saludo con afecto y con cariño, pero de momento ella no pronuncio palabra alguna, pero yo me quedé con la boca entornada, con los ojos como platos, apreciando la belleza de la mujer, pese a que las circunstancias de su vida.
Ella se dejó caer al suelo y compartir la comida con nosotros. En medio de su sorpresa, se le olvidó de la comida. Miró a Eduardo, pero éste se limitó a menear muy levemente la cabeza y continuó impasible su comida. La mujer, mientras tanto, no emitió ni un sonido mientras comía.
Ella iba vestido con un precioso vestido de los años 30, de color negro y una blusa bordada, que alguna vez había visto a mi madre; llevaba un peinado de trenzas, su pelo era de color castaño, y cuando alargó su mano para coger pan, pude distinguir claramente la blancura de su piel, y cuando por fin cruzaron sus miradas, pudo distinguir claramente sus ojos negros, muy oscuros. Una vez terminado el almuerzo, de nuevo volvió acontecer ese silencio, donde los árboles se mueven, ni sus las ramas de la maleza, como si el bosque quisiera escuchar la voz de Eduardo, para presentar a su esposa.
- Te contare Pepe, hace unos años, cuando todavía era posible la esperanza en esta zona de la tierra, en aquellos tiempos encontré a esta mujer, fui amigo fraternal de tu padre, con el que fui compañero de trabajo en el aserradero. Aquellos fueron tiempos en los que luchábamos por algo, en que queríamos transformar esta España. Pero un día los intereses de los poderosos de este país hizo que este país se poblara de cadáveres, y que muchos de tus compatriotas tuvieron que salir de estas tierras. Y ahí tienes a Mercedes, de la que en futuro no lejano conocerás mejor, de ella me enamoré, con ella me casé, con ella espero tener descendencia, pero las circunstancias de esta vida me hacen retrasar dicha eventualidad. Ahora estamos provisionalmente viviendo en este bosque, pero pronto, muy pronto nos iremos rumbo a otro país en el que podamos tener un hogar.
- Y ahora te puedo decir que te lo digo: la felicidad es sentir el corazón acelerado porque alguien al que uno quiere está contando esos latidos en su propio corazón... Y escuchar las pisadas de esa misma persona pensando: «Viene hacia mí» y estrechar su mano sabiendo que dirá «Hasta luego...».
- Y confiar en el futuro, en tanto que hemos estrenado una paz. Una paz arbitraria, desangelada, todavía llena de manos rotas, de pesetas de papel, de mercados negros, de restricciones, pero sin bombardeos, sin sirenas, sin llamadas al frente... A decir verdad, se trataba de una paz acogotada que nos viene estrecha, en tanto que nos obliga a marchar en busca de otros derroteros, donde se pueda tener otra vez esperanza.
Esperé mucho tiempo, sin pronunciar palabra, aturdido por lo que acababa de oír, y así fue que sentí, en ese preciso momento, que algo importante había ocurrido en mi vida, algo grande y hermoso, y luego ver las miradas de Mercedes y Eduardo (con el tiempo entendí que esas miradas son eso, el reflejo del amor), y que muchos de los claroscuros de tu vida diaria, cobraban sentido al calor de las palabras de Eduardo.
Yo había crecido esos años en ese ambiente de la posguerra, percibí un mundo de quietud, de miserias, de conversaciones susurrantes, pero en ese momento compendia que todo estaba edificado sobre una guerra, que queríamos olvidar, pero que la teníamos como un fantasma que aprisionaba muchos corazones, ya no vería mi pueblo como algo natural, si no aquellas tristezas mudas en donde algunas paredes sangraban el verdadero rostro de su miseria moral, todo ello en medio de una turbación extraña, y la convicción profunda de que los días venideros me harían un regalo mas allá, que un simple regalo de cumpleaños.
Y esa conversación, me habría producido ese dulcísimo gustazo, mis enojos por el vértigo que tenía, quedaba en pañales de lo que había escuchado, eso sí que era sufrir y no mis penas, la vida es así, ser conscientes del sufrimiento de los demás, de los tuyos propios, y hacer así que tu vida sea mejor para ti y los demás, y claro era la primera vez que me entro curiosidad por la existencia de mi padre, y a llegar casa y ver la cara de mi madre mirar la mía, sentí el vértigo de que está viviendo días grandes para mi
El día de mi cumpleaños, mi madre se levantó a primera hora de la mañana, empezando a hacer la torta sobada que tanto nos gustaba a toda la familia. Ese día siempre sacaba la vajilla buena, que les regalaron el día de su boda, y nuestra miradas se entrecruzaron a lo largo del día, guiños cómplices durante el día, pero al tiempo una mirada triste se adivina en su rostro, un día me dijo que a mi padre le gustaban aquellos días, en que todo estaba patas arriba en casa con motivo de una fiesta. A la hora de la comida todos estábamos en la mesa, decorada con el mantel de las grandes cosas, sólo había un pequeño inconveniente, que me tocaba recoger todas las cosas de la mesa, para que a la vuelta de la cocina me encontrará con mi regalo.
Al volver al salón, sobre la mesa estaba mi regalo, al romper el papel estraza en la que estaba mi regalo, y ahí estaba un pequeño retablo con la foto de mi padre, "¡Dios mío!"- grité al verlo-, me parecía casi una gota de agua, y también vi que había una pluma con su tintero.
Inmediatamente me di cuenta que las palabras de mi madre esa noche tendrían otros sentido, también noté el gesto adusto de mi abuelo, no le gustó ver la foto de mi padre, era una de las cosas que mi abuelo no soportaba que se hablase de él en casa, siempre que me hablaba a escondidas de él, según ella no se llevaron bien desde incluso los tiempos de su noviazgo.
Ya llegó la noche, mientras mi madre finalizaba de ordenar la casa y fregotear todas las cosas del día, yo me fui a pasar las brasas del brasero que había puesto en el calentador de la cama, una vez rematada la acción, me metí en la muñida cama, esperando la llegada de mi madre.
Al poco, mi madre abrió la puerta de la habitación, sentándose en la cabecera de la cama, apoyándose en el cabecero de la cama Nuestras miradas se encontraron brevemente, en ese momento oí el suspiro profundo de mi madre, y comenzó a relatar de esta manera:
- Buenas noches cielo, es hora de irte contando una historia, en tanto que ya te han pasado muchas cosas recientemente, el descubrimiento de Eduardo y Mercedes, y al ver tu cara el otro día me di cuenta que ya hablaste con Eduardo.
- Pues bien, ahora es tiempo de decirte que tu padre José era muy amigo de Eduardo, ellos eran militantes tanto de un sindicato que se llamaba U.G.T., y también pertenecían a una organización política cuyo nombre era P.S.O.E.
- Ellos, hace unos años, se presentaron y ganaron unas elecciones para ser alcalde del pueblo, y tu padre fue alcalde por unos breves meses.
- A tu padre le conocí de años antes, en las fiestas del pueblo, cuando él, en compañía de Eduardo, nos pidieron un baile a mí y a tu tía Mercedes – imagínense mi cara de asombro cuando escuché esto, ahora caí en la cuenta del parecido de mi madre con ella.
- A raíz de ese baile empezamos a salir los cuatro juntos siempre juntos, ante la feroz oposición de tu abuelo, que no veía bien esa relación con ellos, en tanto que por cuestiones políticas, la tensión entre ellos era evidente y era un clamor en el pueblo, de ahí que nunca hayas oído hablar de él en las reuniones familiares, para ellos tu padre es como si nunca hubiera existido.
- Pues bien, en esta país llamado España, un año estallo una guerra civil, en las que es difícil explicar las cosas que pasan, una estela de odio, que hizo que tu padre fuera detenido y ejecutado a los pocos días de la llegada de las tropas de Franco, y tu tío Eduardo tuvo la oportunidad de ponerse a buen resguardo, con tu tía, en el momento, aquellos primeros fueron terribles, fueron las continuas las batidas en el monte, con el ánimo de detener a tu tío, pero se ve que ellos buscaron buen refugio. Una vez transcurrido unos meses, una mañana me encontré con una carta, en las que tus tíos me explicaron sus condiciones, por lo que quedamos de acuerdo en citarnos en la cueva, que hay en la peña hueca, y que tú también conoces, con la finalidad de que yo les fuera llevando comida.
- El primer día que los vi, es como si estuviera ante otras personas, sentí un estremecimiento, y comprendí perfectamente que sólo habían tenido alimento de las plantas del bosque, así que desde ese día les llevé la comida a ese sitio y entregarles una escopeta para que pudieran comer carne de los animales existentes, hasta que tú me sustituiste.
- Antes de morir, tu padre me hizo prometer que un día te hablaría de estas cosas, para que recordases lo que le sucedió. No supe qué contestar.
Mi madre entornó la mirada, como si buscase algo en el aire; miradas o silencios, o quizá a mi madre para que corroborase sus palabras. Nada es igual después de una guerra y ahora entenderás el porqué de muchos silencios, de muchos miedos, de las penalidades de tus tíos.
- Yo en parte, he tenido suerte cielo, tu abuelo es uno de los prohombres en el pueblo, es un mandamás, y ha procurado que tu madre quedara a salvo de las muertes habidas en los primeros días, así que no sufrí las barbaridades que padeció tu padre, que fue torturado y ejecutado.
Esa noche mi madre durmió conmigo, más cuando mis lágrimas saltaron sin parar de mis ojos, una mezcla de dolor y rabia me invadió, me abracé fuertemente a ella, y así me quede dormido junto a ella, las primeras palabras al día siguiente de ella fueron "José, hijo mío, no olvides que la conversación de anoche no se la puedes contar a nadie, solo podrás hablar de ella, cuando todo haya cambiado".
Pasaron así unos meses, pero con la consciencia de que la afinidad con mis tíos, con Eduardo y Mercedes, iba en aumento, y a pesar de que no era mucho el rato con ellos, siempre el miedo se atenazaba sobre nosotros, al fin y al cabo ellos eran dos fugitivos, y se notaba eso siempre el ambiente, además esos días note una cosa, Eduardo era un convencido de sus ideas, mientras que Mercedes eso lo hizo por amor, el estar junto él, ya que todavía no habían contraído matrimonio, pero cuando llegarán a Francia tenían la decisión de casarse.
Estábamos en pleno invierno, ya se acercaban los día de la navidad, así que en uno de los días previos a la Nochebuena, mi madre, cuando yo me estaba a punto de dormir, se dirigió hacia mí, con ese ceremonial propio de las grandes ocasiones, y empezó a explicarme lo que tendría que hacer:
- A ver cariño, mañana cuando estés con los tíos ten cuidado con que no te siga nadie, más que nunca, junto con la comida llevarás también un sobre, contiene dinero y un billete para los dos, el día de Navidad tendrán que coger el autobús de línea que les lleva a San Sebastián, luego allí ya vendrá explicado en el sobre. Haz el favor de no leerlo, yo ni siquiera lo he leído, nosotros somos una especie de carteros. Sé que esto es duro para ti, que te habías acostumbrado a estar todos los días con ellos, y que los primeros días se te harán duros, pero debes comprender que tus tíos no pueden seguir viviendo así, que ellos también necesitan un hogar, y que a lo mejor un día la guardia civil les pueden detener y tendrían que vivir separados, y sin verse durante largos años. ¡Ojalá salgan todas las cosas bien!, y puedan vivir juntos y en libertad.
La sensación del día siguiente, ya en vacaciones de Navidad, la víspera de la Nochebuena, me dirigí por enésima vez a la peña hueca, con una sensación ambivalente, de pena y de alegría; de pena, ya que sería la última vez que charlaría con ellos, y de otro lado de alegría, al entender que ellos tenían el derecho a ser felices, lejos de su tierra, pero felices ellos, por tener una vida digna, fuera del miedo que seguir en España tendrían. Por eso mis pasos ese día fueron más pausados, más tranquilos, era necesario absorber tanta carga emotiva, y contemplar la maravilla de ese bosque, con las huellas de algún oso, las hayas enormes, la vegetación frondosa. Esa sensación de estar haciendo algo único me daba esa sensación ambivalente, y es con estos recuerdos tamizados por el paso del tiempo, que los recuerdo, como si hubiera pasado ayer mismo, cuando estoy acabando este relato que andan leyendo.
Llegando como siempre a la pequeña planicie, situada entre varias matas de hayedos, ahí estaban ellos esperando, como cada mañana, pero al ver mi semblante de tristeza, Mercedes empezó a caminar hacía, y dándome un gran achuchón, me dijo al oído "no me hagas llorar a mí y hacer que este triste, ya verás cómo un día, traerás a estos rincones a un primo tuyo, y le contarás todo lo que hemos pasado estos días, así que ya sabes José, ten presente el pasado, pero siempre mira el futuro, lo mejor siempre está por venir".
Seguidamente Eduardo tomo la palabra, y dirigiéndose a mí dijo:
- Mira José, la vida es así, me doy cuenta de tu tristeza por nuestra marcha, pero tú mismo te darás cuenta que es necesario nuestra marcha de estos parajes bellísimos, pero nosotros tenemos derecho a ser felices también, y eso por desgracia sólo los tenemos que fuera de España en estos momentos. Pero mira, un día tu podrás ir a Francia a vernos, hazte a la cuenta de que mi casa será siempre tu casa, y seguramente en un futuro no muy lejano, podremos regresar, y lo primero que haremos tu y yo es darnos una vuelta por estos parajes, y enseñarte lugares recónditos que he descubierto en estos parajes, y que seguro que ninguno de vuestra cuadrilla habrá visto, o ni siquiera ojo humano alguno. Así que animo José, y tren presente esta frase en tu vida, era la aseveración más importante de tu padre y de la mía, "que pese a todas las circunstancias desfavorables que hay en el camino de la vida, lo mejor de ella está por venir".
La actitud de mis tíos hizo que mi pesadumbre inicial, pero unas gotas de tristeza todavía quedaron en mi interior, un gran abrazo con los dos, unas leves lagrimas surcaron los ojos de los tres, y ellos iniciaron la marcha por el camino real, camino de Cangas de Onís, para coger allí el autobús que les llevaría a una vida mejor, a una vida en libertad.
En esos meses de mi vida, había crecido el sueño de escribir un día, acerca de la vivencias de esos intensos días vividos, y aún conservo aquella pluma y aquel retrato de mi padre, la pluma en el primer cajón de mi pequeña mesilla de noche, junto con otros utensilios de escritura, y arribas estaban los retratos de mis padres, como testigos del radical cambio sufrido en mi vida, y que estos párrafos sirvan de recuerdo a dos personas a los que unos acontecimientos los quebró la esperanza.
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