Primera noche con Leonor

Hace un instante deje de nadar, se sentía cansado, agotado, la mar estaba algo brava, y había hecho un esfuerzo muy grande, más teniendo en cuenta que había bebido una miaja de cervezas; siendo así, que toda la cuadrilla, para aliviar esa embriaguez leve, se habían ido a la playa, para hacer también más leve el tránsito de las horas, antes que fuéramos a la discoteca.

Hace unos instantes, braceando en el mar, empezó a sentir frías sus piernas, agarrotándose sus músculos, la piel le tiraba y unos fuertes latidos de su corazón; pero no había más remedio que mover mesuradamente su cuerpo, para llegar lo antes posible a la playa, ya no sentía ni sus brazos ni sus piernas, pero en medio de su sopor, y dejando de lado a sus amigos, decidió regresar antes que ellos, se sentía mal.

Y nada más llegar a la playa, se sentó en el paño de playa, se puso a duras penas su bañador, inspiro fuertemente, echando un trago de unas litronas de cerveza, que aún quedaban, una sensación de alivio, se apodero de su cuerpo, y en medio del sopor del cansancio por el baño dado, acompañado de cierto estado etílico, que no se le había pasado aún; y se puso a liarse un cigarro de maría para relajarse, y así poder descansar algo mejor, y comenzando a fumar, y que el olor de la marihuana inundara sus alrededores, mientras que con la respiración profunda, con el que daba sus caladas, empezaban a hacer los efectos necesarios; y sintiéndose más relajado, cerro sus ojos, y empezó a pensar en aquellos sábados, en los que empezó a salir con Leonor, esos primero albores de ese amor juvenil, esa adolescencia recién comenzada, y con una avidez desbocada, esperaba esos sábados, y es el que resto de la semana no había tiempo para verse que unos instante en la única biblioteca municipal existente,.

Allí era que acudíamos los dos, allí hacíamos nuestros deberes, allí tuvimos esas miradas de enamorados, allí nuestros cigarros, allí nuestras primera bronquillas, allí nuestras primeras caricias, allí tuvimos nuestros primeros besos furtivos, lejos de las miradas de la gente, y sentir en esos momentos como tu cuerpo se erizaba, y tu sangre corría tan deprisa, que parece que necesitaba salir del esos vasos por donde circulaba, y empecé a añorar esas tardes sabatinas.

Todas esas tardes de sábado, de un otoño recién comenzado, ya con el cambio de hora, en los que me duchaba por segunda vez en el día, me ponía mis gotas de colonia, me ponía mis mejores galas, e iniciaba su caminata ritual sabática, en medio del gentío, que inundaba la calle real y adyacentes, unos para ver los escaparates de los comercios de la calle real, otros camino de las tascas, situadas en las calles aledañas, todo ese gentío de gente madura y gente joven, hacía que se formaba un sobrecargado grupo de gente, en el que cualquier prisa era mala consejera, era preciso armarse de paciencia, y caminar a un ritmo muy lento, casi parecía una marcha de hormigas a paso lento.

Pero ese sábado, además se había apoderado de la ciudad una condensada bruma, y eso hacía que esa caminar fue aún más lento que otros días, que junto con la impaciencia de llegar al colegio de Leonor, me hacía que esos minutos tuviera esos accesos de enfado, deseando que se hiciera un angosto camino por donde caminar más rápido, pero aquel curso ya había aprendido, que la impaciencia no debía ponerme nervioso, ya que esos días era los encuentros con Leonor, y eran las horas más hermosas de toda la semana, ella no soportaba verme adusto por tan pequeña nimiedad, no había otro remedio, y más teniendo en cuenta, que siempre llegaba puntual a la hora de salida, que tenían marcada en su horario en la residencia de las monjas.

Y en medio de esa niebla espesa, y pareciendo como si la noche se hubiera apoderado de las angostas calles del centro de la cuidad, y en medio de ese aglomeración humana inmensa de los sábados, conteniendo la respiración, y pese a ir bien abrigado, el frio de la calina entraba en mi cuerpo de manera inexorable; al tiempo esos días para hacer menos largo ese lento caminar, había adquirido la costumbre de echarme un cigarrillo, y sentía las miradas refunfuñadas de un grupo de muchachas, algo mayores que yo, pensando para mis adentros “allá va la alegre cofradía del codo, lastima de costillas del doncel que baile con ellas”.

Y caminando entre la gente que transitaba por la calle real, una calle algo angosta, con algunas plazuelas, que daban acceso a las dos iglesias situada en los flancos de la calle, así como el ermita del Espíritu Santo, preludio de la plaza mayor, donde estaba también la catedral de la ciudad. Y muy cerca de ella el colegio de monjas, un edificio renacentista, que recordaba el pasado esplendor de esta ciudad, y que casualidades de la historia, en esta época tenía menos habitantes que finalizando la edad media, donde alcanzó su gran apogeo.

Y como parte del ritual, mientras soportaba las miradas de las compañeras de residencia de Leonor, y para calmar mis nervios, me liaba mi cigarro, haciendo gala de mi destreza, heredada de mi padre, que también fumaba tabaco de picadura, pero yo por dar un escalón más, me había hecho aficionado al tabaco rubia, me tenía que hacer dos, uno de los dos sería para ella, aún no había cogido destreza necesaria para liarse los cigarros. Y de pronto, como siempre, se abrían los enormes portones del aquel edificio, yo era el único varón que estaba allá, yo era el único atrevido que osaba desafiar las miradas de las monjas, y es que sentía que me quería fulminar con esas miradas, pero ya no me producían el miedo de los primeros días, y es que disfrutaba ya el hábito de solo fijarme en esos fenomenales ojos de mi amada.

Una vez transcurridos esos breves momentos, siempre íbamos a un tasca, donde tomábamos nuestros vinos, era de las pocas mujeres, que en aquella época estaba en un bar, donde solo había varones, y la rareza era ver alguna mujer, las cantinas solo eran cosa de hombres. Y más si tenemos en cuenta, que ella era también tomaba vino y fumaba tabaco, la cara de los otros hombres, mayores que nosotros, eran mirarnos con una condescendencia total, como absolviéndonos la vida.

Estaba a punto de morir Franco, pero entre vino y vino, al charlar nos íbamos dando cuenta del enorme cambio que estábamos dando, con las anteriores generaciones que habían estado al calor de unas costumbres tan agobiantes, que habían conformado una manera de pensar, ellos nos miraban aun por encima del hombro, como diciéndonos no conocéis nada de la vida, y nosotros nos reíamos de esa falsa complacencia de ellos, ellos desconocían que un terremoto en sus vidas se iba a producir, nosotros nos convertimos, sin quererlo, ni pretenderlo, en motores de un cambio no violento de las antiguas reglas de misa, hipocresía y “buenas costumbres” (la mujer en casa, el hombre en la calle), nosotros dos estábamos siendo ejemplo de una generación, que fue capaz de lo mejor y de lo peor.

Después de esos vinos y esos cigarros en la tasca, nuestros pasos caminaban por las calles de la judería, y aun hoy pienso, que era aquello lo que hacía que la gente no se acercase más, no sé el motivo, pero nosotros en esos meses de devaneo y enamoramiento continuo, y no siendo presumido, nos hizo el favor de nuestras vidas. En esa zona había dos conventos, y en ello nos sentábamos, hablamos de lo divino, de lo humano, discutíamos de música, no entendía que detestara la música rock, yo la decía que sin esa música jamás entendería todo lo que ella estaba cambiando a los jóvenes, y que uno de ese ejemplo era ella, pero ella siguió diciéndome, que si alguno de esos músicos, tan reverenciados por mí, era capaz de hacer la Sonata de Beethoven, entonces les empezaría a respetar, pero nos unió, como nada la lectura de los poetas de la generación del 27 y San Juan de la Cruz, los dos teníamos la costumbre, y aun esas noches de niebla, leernos algún poema, que siempre elegíamos al azar, y eso ha hecho que cuando me han faltado las palabras, siempre he echado mano de algún poeta.

Pero esa tarde-noche iba a adquirir un tono distinto, y al leer un poema de Alberti, ella se emocionó, unas suaves lagrimas circularon por sus mejillas, y yo se las seque con mis besos, y acto seguido la dije

-“-Leonor –musite-, he esperado mucho tiempo este momento, y es que solo me paso la semana pensándote a cada momento, deseando que llegue estos momentos, en los que nos da tiempo a divertirnos y aburrirnos, pero habiendo algún momento cansino, compensa todo los tiempos que ando añorando tu compañía….””Me estoy enamorando irremediablemente de ti”

Sintiendo como una compacta mancha se extendía por su cerebro, se fue vaciando de todo pensamiento, una enorme presión de su cuerpo contra la piel, las uñas parecían rozar los huesos de los dedos, un continuo balbuceo de palabras sin sentido, justo al tiempo que una sonora carcajada, unos ojos inmensos de alegría, una caricia en mi barbilla, un suave mordida en mis labios y consiguiente beso, y dirigiéndose a mis oídos me susurró:

.”Vamos José Juan, consuélate, ya no puede reinar el mundo las dudas, de la niebla, mira como nuestros ojos brillantes, que te están diciendo que yo te amo hasta el último rincón de mis huesos”.

Y abriendo mis mojados ojos, no lágrimas de pena, sino de extraordinaria alegría, y la miró de nuevo, y le parecía aún más hermosa que hace unos momentos, me fije en su recogedor de pelo, que recogía sus intrincados pelos rizados, sus ojos color mie, el nacimiento de su cuello, que acaricie inmediatamente, sus orejas pequeñas y perfectas, sus nariz rectilínea y fina, sus labios finos, con una sonrisa de la mona lisa, y que jamás he podido olvidar.

Otra vez una compacta mancha blanca en su cerebro, el vacío. Ya no podía aumentar la presión: la piel cedía como jebe y las uñas alcanzaban el hueso. Sin embargo, siguió hablando, dificultosamente, con grandes intervalos, venciendo el bochornoso tartamudeo, tratando de describir una pasión irreflexiva y total, hasta descubrir, con alivio, que llegaban al primer óvalo de la Avenida Pardo, y entonces calló. Entre el segundo y tercer ficus, pasando el óvalo, vivía Flora. Se detuvieron, se miraron: Flora estaba aún encendida y la turbación había colmado sus ojos de un brillo húmedo. Desolado, Miguel se dijo que nunca le había parecido tan hermosa: una cinta azul recogía sus cabellos y él podía ver el nacimiento de su cuello, y sus orejas, dos signos de interrogación, pequeñitos y perfectos.

Y como el tiempo es así de caprichoso, a veces transcurre con una enorme pausa, y otras veces discurre más veloz que un avión, nos dimos cuenta que la hora de regresar ella a su residencia, era inminente, y discurriendo abrazados acarameladamente, sin prisas, y teniendo una hermosa conversación.

-“Mira Chache, me dijo ella con esa voz suave, y que me recordaban algunas melodías de Chopin, no quiero que te vayas sin escuchar algo que tengo que decirte, algo que andaba deseando decirte hace mucho.”

- “Estaba esperando, desde hace al menos dos meses, que algún día te me declararas, estaba pensando incluso en decírtelo yo a ti, me angustiaba esta timidez y esta pasmosa tranquilidad, que cuando estás conmigo adquieres, como si todo ya se diese por sabido, pero faltaba esa frase que hace un instante me dijiste.”

- “Así que ahora ya te puedo decir lo que ansiaba decirte hace tiempo, estaba deseando que tu subas a mi dormitorio de la residencia, y como el noche propicia para ello, dejare abierta la puerta trasera del colegio, y cuando estés en el patio, veras una puerta, esa estará cerrada, el balcón de la derecha es mi habitación”

Una profunda descarga surco todo su cuerpo, como que casi sintiera que se caía, esa sensación que tienes muchas veces, que te falta suelo para donde sujetar tus pies. Un enorme ¡Ay!, un suspiro descomunal, y estas balbuceantes palabras

-“Que dicha más enorme me das, no sé ni que decirte”

- “No expreses nada-respondió ella-, solo hace falta que llegues, y no te pongas en plan de poeta emperifollado”

- “Ve corriendo a tu residencia, cena, repósala, ves la película de la segunda, y vienes luego pasada la medianoche, ya disfrutarán de sus sueños el resto dela residencia”.

Al despedirme de ella, junto a la puerta del colegio, y en presencia de su resto de compañeras, la di un beso, ante la estupefacción de todas ellas y los ojos furiosos, que estaban apostados junto al portón de entrada; raudo y veloz bajé por la escaleras hacia un salón paseo, que era menos frecuentado por la gente, algo más largo, pero más tranquilo, tenía la necesidad de absorber para mi esos instantes tan bellos.

Pese al frio de la noche, una corriente cálida sacudía le invadía, se sentía atontado, pero feliz, murmuraba para mí mi gran felicidad, y a medida que avanzaba, más deprisa iba mi corazón, más deprisa iba mis pies, para llegar cuanto antes a mi residencia, para coger el primer turno de la cena, y tener darme más tiempo para hacer los preparativos de mi salida nocturna.

Una vez llegado y cenado, mi cerebro no hacía más que estar en plena agitación, la salida era fácil, solo era necesario abrir el pestillo de la puerta de salida del patio interior, lo espinoso era la vuelta, o bien era decirle al compañero de habitación y que te abriera la puerta- y en ese tiempo no era muy buena-; así que pensé en uno de los mayores de la residencia, que salía todos los sábados a ligar a la discoteca, y contarle que esa noche iria a una discoteca, que era más permisivos con los menores de edad. Él ya sabía que era mi primera salida nocturna en la residencia, así que no tuvimos problemas para quedar de acuerdo.

Una vez que se terminó la película de cine, serían como las once de la noche, quedamos nada más que los dos que íbamos a salir, el saldría por la puerta principal, yo por la puerta del patio, el rumbo a su diversiones, yo en busca de la primera noche, de mi primera noche con una mujer, y encima con mi amada.

Bien arropado, bien abrigado, fui caminando por pequeñas callejuelas, mas largo el trayecto, pero no quería que nadie me viera a esas horas de la noche por la calle, y como quiera que andaba helado de frio, circulando por la calles aledañas, fui donde el bar que habíamos estado aquella tarde los dos tan felices, y allá estaba el camarero, ya recogiendo casi todo para cerrar la tasca, le pedí café con leche y una copa de coñac, para aliviar el frio. Me pidió perdón por no hacerme compañía, pero quería adelantar todo para cerrar, en cuanto terminara yo de tomar mis cosas, me dio también a saborearlos y echarme un par de cigarros tranquilos, y así alargar un poco el tiempo, hasta que fueran las doce de la noche, que era cuando habíamos quedado en que subiera a la habitación de Leonor

Me gustaba esa tasca, me gustaba ese camarero, me gustaban esos cafés tan cremosos, aparte que tenía una máquina de música, donde echabas unas monedas, y puse canciones el “Whe Sall Dance” de Demis Roussos,y el “Morning Has Broken” de Cat Stevens, en ese momento, en ese preludio, me sentía el hombre más feliz de la tierra; aquella iba a ser una noche, que no iba a olvidar el resto de mis días

Instantes de sorpresa inicial, desde que me hizo a su ofrecimiento inicial, y ya en el bar, una cierta ansiedad recorría mi cuerpo, así cerrando la cantina, nos echamos un penúltimo cigarro el camarero y yo, hablando del partido de futbol que el Real Madrid jugaba esa domingo, en esa temporada en que jugadores extranjeros se habían incorporado a los equipos españoles.

De ese bar, cercano estaba la residencia de mi amada, pero fui dando un trayecto algo raro, una vuelta más larga, pero por unas calles desérticas a esas horas de la noche., y en noches, como aquella, de niebla tan cerrada, donde tu físico no era más que una simple sombra viandante.

Llegado a las inmediaciones del colegio, cerrando los ojos, y al amparo del resguardo que hacia la puerta con el muro exterior, y mientras sentía un vivísimo escozor recorriendo y agitaba todo mi cuerpo, aproveche la ocasión para fumar mi reiterado cigarrillo del día, y es que me sentía feliz, pero al mismo tiempo extraño, así que el fumar en aquella ocasión me dio el relajo suficiente, y finalizo el crepitar de esa espuma que había inundado mi cuerpo.

Seguidamente di un golpe suave a la puerta, y muy suave, tenía miedo que crujieran los goznes de la puerta, pero para mi suerte, estaban perfectamente engrasadas, y la noche era de niebla tan penetrante, que apenas divisaba la pared exterior del edificio.

Una vez que pude contemplarlo, vi que escalar a la habitación de Leonor era fácil, había un ventanuco, donde se podía hacer pie, y luego había rocas salientes para irlas poniéndolos posteriormente, y alcanzaba fácilmente el esquinazo del balcón, asi que e un instante pude estar ya en el balcón, y repiquetee con mis nudillos los cristales, y ahí ya la vi en pijama, me parecía que en medio de aquella noche tan oscura, era como un lucero que iba a iluminar todo mi cuerpo.

Abriendo la puerta, y verla a ella, vi que su pijama no podía ocultar su temblor, igual que ella notaría mi temblor, y al introducirnos los dos en su cama, besé suavemente sus labios, y luego e lóbulo de su oreja, y note que la oscura noche cambio de luz, y lo que era niebla se convirtieron en un manojo de estrellas, que obraron el milagro de tornar nuestros cuerpos de vestidos en desnudos. Vi su rostro centellear contra el cielo, emitiendo un fulgor que me sobrecogió; sus piernas, sus hermosas piernas; sus pechos, sus concluyentes pechos, y en su boca brotó una sonrisa soñadora y lujuriosa. Estaba sentada encima de mi, inclinando su cabeza sobre mis labios, sobre mis pezones, sobre mi vientre, y rozaba con su monte de venus rozaba suavemente mi príapo.

Sentí como el dolor profundo en mi cuerpo, era como si estuviese a punto de estallar, mi corazón latía a una velocidad de desmayarse allí uno mismo, y fuimos descendiendo los dos suavemente, explorando nuestros cuerpos, cada rincón, recuerdo sus palabras, sus susurros, nos envolvíamos todo lo fuerte que podíamos, de nuestros ojos surgieron lágrimas de alegría, y nuestros primeros jadeos, nuestros alientos discontinuos, y ya nadie podía hacer que nos creyéramos que andábamos solos en este mundo.

Los sudores se notan en nuestros cuerpos, suaves gotas de agua de ella caían sobre mi pecho, y esa mixtura de dolor y goce nos concibieran a los dos vulnerables, y alcanzando ese éxtasis que todos cavilamos alguna vez.

Y lo que iba a suponer el abrazo, el acurruque de nuestros cuerpos, pegados el uno al otro, se tornó en el tronar de la puerta de la habitación, una sensación de angustia se apodero de nuestros cuerpos; yo como gesto instintivo, me metí debajo la cama, y ella se dirigió a la puerta de la habitación, en medios de las voces de una monja, que decía maldecía continuamente, y le escudriñaba que había pasado, y como no hizo gestos de observar más detenidamente la habitación.

Y ella, Leonor, en un acto de gran valor le dijo a la monja “pues andaba masturbando”, la monja monto en cólera, y dándola una bofetada al tiempo que la explicó con rabia: “esas cosas no se hacen”, “mañana a primera hora, antes de desayunar pase usted por dirección y ya le impondremos el castigo correspondiente”. Y un terrible silencio y un horrible portazo se escuchó al salir.

Abandonando mi cobijo, y rodeándonos fuertemente, lloramos esta vez, y esta vez de dolor, sabíamos que una noche hermosa, había acabado de una manera fatal, sabíamos los dos que estaríamos mucho tiempo sin vernos, mucho tiempo de echar de menos (fueron tres meses larguísimos) su sonrisa, su olor divino, el roce de su cuerpo, sus risas, sus broncas, nuestros paseos por la judería, ya no cantaríamos la canción de Ruy Blas “A los que hirió el amor”, y la canción de Solera “Linda Prima”

Fueron los tres meses más largos de mi vida, pero en ese tiempo, ya madure la idea de que era preciso abandonar esa cárcel que le oprimía a ella, y por ende a mí, ya jamás amaría a esta ciudad, y efectivamente ella también tuvo los mismos pensamientos, lo que era una voluntad, se convirtió en una necesidad: marcharnos a Madrid.

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