EL GRAN VIAJE EN METRO

Un sábado nuevo y soleado se atisbaba en el ventanuco de mi dormitorio, por fin un día soleado, tras un invierno duro y frio, si apenas salir a la calle, salvo los pocos días en que salíamos a la calle para tirarnos bolas de nieve.
Al fin un día podía salir al parque, pero hete aquí que al echar la leche en “su” vaso, unas gotas habían caído en la mesa de la cocina, y con ese ceño fruncido mi madre, no sé cuántas veces me lo habría dicho, “este chaval no va a aprender nunca a echar la leche al vaso”, así que como siempre no empezaba bien el día, y mi carácter se tornó doliente y doliente, no era la mejor manera de empezar del día.
Para no empeorar mucho el día, me mantuve callado durante el resto del desayuno, no quiso abrir su boca, ni cuando mi madre cambio “sus dibujos preferidos” por las noticias que asolan el mundo, ya con mis cuatro años sabía cuáles eran las preferencias de los mayores, y sabía que tenía que aguardar a otros momentos para ver sus añorados dibujos...
Estaba inquieto, mi padre todavía dormía, pero tras la sorpresa que le dio la noche anterior, no cabía en la inquietud que me apresaba en su corazón, estaba ansioso, porque nadie ni nada iba a estropear ese día tan maravilloso, que siempre iba a recordar a lo largo de mi vida, a cada segundo miraba el reloj, pero las agujas pareciera como si no avanzaran, así que el menor ruido de la casa me hacía mirar por doquier, en espera que mi padre fuera el causante de ese ruido.
Para él los días con su padre eran los mejores, no eran muchos los días en los que se podían ver, en tanto que su vida de camionero le hacía parar poco en casa, incluso había fines de semanas en los que recién llegado a casa, comía y apenas terminaba se iba a la cama, y siempre al irme a dormir, o cuando me quedaba jugando en mi cuarto, me preguntara si el tono triste de mama era debido a su poca convivencia, siempre tenía un tono de tristeza y enfado.
Pero este sábado iba a ser distinto, al irse el viernes a la cama, entre el ruido de los vasos y los platos, mi padre anuncio que hoy sábado íbamos a hacer un viaje, así que tuve sueños de donde iríamos, imaginando miles de sitios.
Una vez desayunado, esperando el viaje sorpresa de su padre, y aprovechando que su madre veía las noticias, se arregló a toda pastilla, pero mirándose al espejo del cómoda, contemplo con rubor que se había puesto el jersey al revés, menos mal que no estaba su madre, así que se libró de una nueva bronca
En esto oí los pasos de su padre en la habitación matrimonial, me entraron las prisas para salir, ya que era evidente que su padre iba a hacer uso del servicio para arreglarse, al asomar su padre la cabeza por la puerta, le mire con esos grandes ojos, que los niños tienen, cuando esperan un día grande, pero no quise agobiarle, lo que quería es que terminara sus quehaceres rápidos, primero estuvo desayunando y charlando con mi madre, y cuando terminó, hizo su típico gesto de pasarme su mano por mi cocorota, guiñarme el ojo, y decirme “vamos, vamos que nos vamos”.
Raudo y veloz fui a mi cuarto, se abotono bien su pantalón, me puse las zapatillas, y menos mal que ya eran de cierre de velcro, yo aun no sabía hacerme el nudo de las zapatillas de cordones. Rápidamente me senté en el sofá de la casa, esperando a que todos estuviéramos ataviados con sus abrigos, pero ahí empezaron las primeras sorpresas, me extraño que mi madre no cogiera el carrito de su hermana, y que mi padre llevara una mochila con un montón de cosas, pero en ese momento ni le di importancia, lo que quería era salir de viaje, conocer nuevos sitios, nuevas gentes, eso sí que me hacía sentirme feliz.
Agarre fuertemente la mano de mi padre, disponiéndose a que por sus grandes ojos, entrara ese mundo nuevo que le esperaba, pero hete ahí, que su padre ni cogió el coche, ni el camión, sino que los pasos se dirigía a un extraño lugar, que yo ya había visto antes, era una cosa que siempre me extraño, era como una gran boca, que se tragaba y echaba a la gente, lo cual siempre le extraño mucho.., ¡Eran cosas de los mayores y de su mundo!
Al entrar ahí, aferre mas vigorosamente la mano de su padre, el, evidentemente, esbozó una mirada cómplice, y me dijo “vamos a entrar en el metro”, gran sorpresa la mía, mi profesor no explicaba bien las cosas, si el metro era lo que servía para medir las cosas, como era posible que llevara gente de un sitio a otro, ya le diría a Don Fernando, que las cosas no las explicaba bien. Pero ese sitio era un cajón de sorpresas continuo, sentía miedo y al tiempo fisgonear al tiempo, me di cuenta la cantidad de gente que iba de un sitio a otro, también me di cuenta que las escaleras se movían solas, y nadie se caía de ellas….Al tiempo me di cuenta que había unas maquinas que no le dejaban pasar, pero cual fue sorpresa, cuando su padre con un suave toque, hacia que se abrieran y cerraran las puertas, para entrar en un vestíbulo inmenso, mas grande que la casa donde vivían.
También me fije en el rostro de mi madre, se percato que ella estaba muy guapa y feliz, ¡estaba sonriente!, me fije incluso en que sus padres iban cogidos de la mano, pero se fijó en que su hermana también iba con sus grandes ojos abiertos, con una sonrisa grandiosa, y me pregunte qué pensaría ella de todo esto, el día iba genial, ver que todos éramos felices me hacía sentirme dichoso de ese sábado, ahora estaba seguro que ese día jamás en la vida le iba a olvidar…
Llegamos a una especie de pasillo inmenso, donde la gente estaba parada, justo en el momento en que vi algo parecido a un tren, con forma de serpiente, apareciendo con unas luces grandes a toda velocidad, en medio de una oscuridad inmensa. Cuando esa “serpiente” se paro, abriéndose una puertas, por las que iban entrando la gente en el vientre de esa enorme serpiente, pero riéndose a mandíbula batiente por estar en el estómago de ese bicho.
Sus padres habían conseguidos unos asientos, y aquel bicho empezó a moverse, estando yo encima las rodillas de mi padre. Mi padre me dijo “los sábados son días de ir poca gente, en días diario no se puede mover uno de la gente que va dentro del vagón”. Justo enfrente mío iba un con un traje muy gracioso, nos íbamos cruzando sonrisas el uno al otro.
Ese traje que llevaba ese chico, era muy parecido al que una vez llevo mi padre, se había reunido toda la familia, el llevaba un lazo al cuello, y no hacía otra cosa que moverle en muchas direcciones, delante de él había una mujer vestida de blanco y con un vestido que le daba aires de hada. Todo el día se le acercaba la gente, para decirlo lo guapo que estaba, por lo que le dejo enseguida para irse enseguida con los niños que iban vestidos parecidos a él, en tanto que sentía agobiado entre la gente mayor.
Entretanto deje de mirar al chico que tenía enfrente, fijándome en la cara de alegría de mis padres y que iban charlando ente ellos, observando la oscuridad del túnel, cuando de pronto se oyó la voz de una mujer que decía “llegada a la estación de Menéndez Pelayo”, parándose de nuevo la gran serpiente, saliendo del vientre gente y entrando nuevas personas dentro de su estomago, reanudándose la marcha de la serpiente. Ahora me fijé en la gente que había dentro, observando como la mayoría de la gente no se hablaba entre ellos, unos iban leyendo libros, en su gran mayoría mujeres, mientras los hombres llevaban cascos con un cable muy largo, que salía de un bolsillo, al igual que su madre, que le puso en su oreja, pero no le gustaba eso, él prefería la radio, ponerla bien alto para bailar los Cds que su padre traía. Pero aún así lo que más le impresionaba era la indiferencia que mostraban los unos a los otros, y como nadie parecía molesto de ir así. Cuando él iba al parque aunque no conociera a ningún niño terminaba jugando con todos, sin más, divirtiéndose todos los días que iba allí. No entendía a la gente mayor que iba dentro del vientre de la serpiente, ya que iban con unas caras tan mustias y tristes, cuando a él le parecía una aventura de lo mas excitante, y nuevamente se oyó la voz de la mujer que decía “Llegada a la Estación de Atocha”, en ese momento su padre le quito de las rodillas, levantándose para salir del estomago y volver a la calle, o al menos eso pensó él. Y tras pasar las mismas puertas que cuando se subieron, y esquivar a la gente que iba deprisa o se encontraba con alguien que les esperaba, salieron a la calle.
Inmediatamente accedieron a una gran glorieta, viendo mucha gente que se movía de un sitio a otro, asiendo en ese momento fuertemente, a lo que su padre le dijo que iban a caminar un ratillo, y que iban al sitio que más le gustaba de Madrid, la gran mayoría de la gente llevaban el mismo camino de ellos, sin necesidad de que alguien les dijera que es lo que debían de hacer, como cuando el año pasado fueron al mar, y como aquella inmensidad de agua formaban olas que luego acaban rendidas ante la playa de arena.
El miraba con sus grandes ojos negros, no perdía ripio de todo lo que sucedía, y se adentraron en un lugar, donde había muchos pájaros, mucha gente caminando, muchas parejas, muchos niños, y por esos caminos de arena, su padre caminaba con una seguridad asombrosa, sabiendo donde se dirigía, esa seguridad le hacía sentirse orgulloso de tener el padre que tenía.
Supo que luego verían más cosas, pero ese viaje en Metro, así como la vuelta al estomago de la serpiente, era lo mejor del día, que mientras a las personas mayores le era indiferente, ni siquiera lo llamaban viaje, pero para él sería el sueño de muchas noches, ir en lomo de esa serpiente que le llevaba a parajes fantásticos que sus cuatro años le hacían disfrutar en las cálidas noches nocturnas de sus sueños.

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